martes, 28 de febrero de 2012

La amistad es un árbol



Un árbol fuerte de raíces profundas dando estabilidad. 
Un árbol siempre en el mismo lugar y creciendo.

Un árbol de tronco esbelto o ancho, potente, de corteza resistente, lisa o rugosa, llena de cicatrices que cuentan su historia.
De ramas extendidas, inclinadas hacia la tierra o erguidas hacia el cielo; ramas múltiples, de hojas que nos brindan toda una impensable riqueza de matices verdes, anaranjados o amarillos. 

Un árbol que da cobijo, protegiendo de los rigores del cielo amenazador o del sol excesivo pero cerca del cual se disfruta de lluvias refrescantes y haces de luz tamizada.
Un árbol que da alimento a una infinidad de seres grandes y visibles, pequeños e imperceptibles.
Que desafía con tesón a las heladas, sequías y plagas, al rayo, al incendio y a los leñadores desaprensivos .
Que sirve de punto de referencia desde lejos
Que cambia de color según el momento del día o según las estaciones.
Un árbol que da nombre a un tramo del camino, un cruce, un castillo apartado o un parque concurrido.
Que nos ofrece su madera de nave viajera de descubridores.
Que regala sus frutos en abundancia y sin esperar otra cosa que algo de agua nutritiva sin la cual le cuesta sobrevivir.
Un árbol que rebrota del tocón partido, que sigue vivo aún despues de muerto, ardiendo en la chimenea.

La amistad es un árbol que nos arropa desde la cuna de su nacimiento hasta la barca del último viaje.


Pompita para los que están siempre cerca
                                           aunque estén lejos.

 https://www.youtube.com/watch?v=1s9n4CSct4Y


martes, 21 de febrero de 2012

La estatua

No sabía ni porqué ni cómo habia ocurrido pero había ocurrido: llevaba años sentada en este rincón.

Esto sí, recordaba el día en que había ocurrido: aquel día había quedado con una amiga en un pueblo de las afueras para charlar y de paso enseñarle sus últimas fotos.
Ya se estaba acercando ella al bar La Plaza cuando llamó Beatriz para disculparse: tenía un trabajo que entregar a mediodía y la acababan de avisar.
"No pasa nada. Quedaremos otro día." contestó ella.
Y pensó: "¿Y si llamo a Julio? Me dijo esta mañana que andaría por aquí... Podríamos comer juntos"
Le llamó a la vez que se sentaba en la silla del rincón desde donde veía el interior del bar y la plaza de la iglesia. Pero él no respondió a su llamada. Insistió: una vez y dos y tres... pero nada. "Lo tendrá apagado, como siempre" pensó ella.
Y como ya estaba sentada y ya no tenía planes hasta la tarde, pidió una clara con limón y sacó su libro, recién empezado, "Escrito en las nubes"; dispuesta a desaparecer entre los renglones de una historia que empezaba bien, dispuesta a disfrutar de la mañana fresca pero soleada...
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No sabe lo que pasó luego.
Sólo se acuerda de que había dejado de leer un rato para mirar las cigüeñas que sobrevolaban el campanario y de repente, cuando quiso sacar la cámara de su estuche... no pudo. No podía levantar un dedo, ni mover la mano para cerrar el libro, ni mover los pies y levantarse, ni nada de nada.

Y hasta la fecha.

Al principio, se asustó un montón y quiso gritar pero no podía. Pensó que el camarero haría algo... algo como llamar a urgencias, a los bomberos, hurgar en su bolso que tenía en las rodillas y donde había apoyado el libro que seguía abierto en la página 8;... y que luego alguien llamaría a su casa... harían algo.
Pero cuando llegó el camarero con la clara con limón y una tapa de patatas bravas, se quedó sorprendido al no ver a nadie en la terraza y entró de nuevo en el bar mascullando no se sabe el qué sobre jovencitas veletas y olvidadizas.
Cuando el cartero entró y le preguntó con un gesto de cabeza hacía la estatua del rincón:"¿Y esto? ¿Te la han regalado?"  el camarero le contestó: "Ya ves"
Y se pasó todo el día y la semana y todas las semanas y los meses siguientes respondiendo lo mismo:"Ya ves."
Tanto es así que en el pueblo, cambiaron el nombre del bar La Plaza por el de "Bar de Yaves" y a él, nadie le llamó nunca más por su nombre.
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Despues de llantos interminables, gritos mudos e intentos infructuosos para salir de allí, despues de días y de semanas y de meses, cuando se convenció ya de que nadie iba a sacarla de su traje de bronce, empezó a intentar verlo desde otro ángulo: le quedaban sus ojos y su cerebro... e intentó consolarse algo con la idea de que podría hacer una cosa que no había vuelto a hacer desde la niñez: vivir sin prisas.
¿Qué remedio le quedaba?
Y empezó a fijarse en lo que pasaba a su alrededor; en lo que veía, pero sin la cámara, a ojo desnudo; a fijarse en lo que oía y tenía tiempo de analizar y saborear.
Por las noches, se obligaba a recordar los viajes que habían hecho Julio y ella...
Y las estatuas parecidas a ella...  Molly Malone, James Joyce en Dublin, Pessoa en el Chiado, Marx y Engels en Berlín... y muchas más que había retratado para ilustrar ese libro... su primer libro... que ya no escribiría.


Vió pasar las estaciones, vió el cambio de clientes de fin de semana, vió envecejer a los clientes habituales. Supo del mundo leyendo los titulares de los periódicos que algunos clientes apresurados dejaban encima de su libro. También notó los cambios de la moda por los abrigos, chaquetas y bufandas con los cuales cubrían su espalda en vez de usar el perchero...
Ella pasó a formar parte del mobiliario del bar.
Los gamberros le ponían peluca verde en los carnavales o la bufanda de su equipo los días de futbol y las jóvenes madres la usaban para sentar a sus bebés encima de su libro y darles la papilla mientras charlaban con las amigas; cosas que a Yaves, pese a sus protestas, en el fondo no le molestaban porque tenía luego una excusa para acariciarla con el sidol y el trapo de borreguillo que a ella le hacía cosquillas.

De vez en cuando Beatriz y Julio venían a tomar unas cañas y disfrutaba escuchando sus conversaciones que giraban casi todas en torno a su tema preferido: la fotografía.
Un día, cuando él dejó en su regazo el casco y la mochila, ella notó un calambre y el calor de su mano.
Él también lo notó, dió un respingo y la miró, extrañado. Volvió a acercar la mano en un ademán ansioso de recuerdos...  pero aturdido, como saliendo de un mal sueño, cambió de idea y dejando sus cosas en otra silla, arrimó un poco más la suya a la de Beatriz.
Y dejaron de venir. No volvió a verles.

Cuando murió Yaves, su hijo continuó con el negocio familiar bastantes años; pero terminó vendiendo el bar.

Y fue el fin del rincón de la estatua.

El nuevo propietario hizo obras, lo puso todo patas arriba, cambió el toldo naranja desteñido con el nombre "Yaves" por uno de una marca de comida-basura y, a pesar de la petición firmada por los viejos del pueblo, a ella se la llevaron a un desgüace para reciclar estatuas sin firma.

Y no recuerdo que nadie le hiciera jamás una foto...

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martes, 14 de febrero de 2012

Piedra, papel o tijera


 

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, una música solitaria y pobre.
Había encontrado una choza abandonada y aislada donde vivía a gusto, al abrigo de sus muros de piedra tosca y segura, de color ocre pálido.

Sentada al amor de la lumbre, tocaba el arpa y alimentaba el hogar con puñados de fantasías de papel que recortaba con unas tijeras de plata, regalo de las hadas del bosque.

En las paredes, un arcoiris de láminas pintadas con los colores que más abundaban a su alrededor:
verde de los árboles, azul del cielo, malva, rosa y anaranjado de las flores que crecían por doquier y blanco del alma de la casa.
 
Un día, al volver del bosque donde solía buscar alimento, vió sorprendida cómo un cristal de su ventana estaba algo roto en una esquina.

Al principio, el hecho la disgustó. Pero era primavera y por esa rendija, dejó que entraran el sol y los arpegios de los pájaros bulliciosos y el perfume de las nubes viajeras hinchadas de sueños.

Alguien había lanzado una piedra en uno de los cristalitos de su ventana; no era la primera vez pero lo sorprendente era que esa pequeña piedra venía envuelta en una hoja de papel arrugado: la alisó con una caricia de la mano y descubrió palabras sueltas, notas borrosas, medio difuminadas,  frases inacabadas sobre un pentagrama enmohecido ; y empezó a leerlas, intentando descifrar la música del texto... parecía un cuento, escrito en un idioma dificil de traducir; y empezaba bien, entre árboles y estrellas.
Y le recordaba relatos antiguos, leídos hacía años.
Guardó la hoja.



Pero cada día, al volver de su paseo, encontraba una nueva piedra algo más grande con su hoja arrugada y otro cristalito roto, dibujando mapas de islas desconocidas.
Y seguía guardando las hojas.

Y así transcurrió la primavera y llegó el verano con la ventana casi desnuda, casi sin cristal, quedando sólo el marco de madera astillada y algunos añicos de colores hirientes, aún unidos por el plomo.
Y entraba la risa alegre y burlona de un niño travieso; y ella, con piel tersa y pies alados, salía al amanecer para jugar con él al escondite en el bosque o miraban las estrellas cada noche, en silencio.
Peinaban sus rizos olorosos con la punta de los dedos, se salpicaban con el agua fresca y límpida de los riachuelos escondidos y comían cerezas y arándanos que teñían de rubor sus mejillas risueñas.
Y así pasó el verano, entre los juegos y las risas susurradas de los dos adolescentes.

Y llegó el otoño con sus torbellinos de hojas secas alternando con días de calor tibio, rachas de viento fresco y lluvia monótona.Y pasó el otoño.

Llegó el invierno...
Y el frío entrando por la ventana sin cristal.
Y el fajo de las hojas del cuento incomprensible cerca del hogar frío lleno de ceniza y hollín.
Y la humedad rezumando y diluyendo los colores de los recortables.
Y el peso de los cantos rodados del riachuelo que no se resignaba a lanzar contra el cielo maldiciendo a las estrellas.

En una noche sin luna, vió cómo todo su tesoro de piedra y papel se puso a bailar con las tijeras de plata; y en su desconcierto, los vió perseguirse, como fuegos fatuos extraviados, entre nubes disfrazadas de animales fantásticos que les gritaban burlones :"Piedra, papel o tijera"   "Piedra, papel o tijera"   "Piedra, papel o tijera"...


 .

martes, 7 de febrero de 2012

Espejito, espejito...

Tiene 16 años. Va a salir...
Está nerviosa, felizmente nerviosa; y se mira y remira en el espejo.
                           Y pregunta a sus padres:
- ¿Estoy guapa?
- Eres guapa.
- ¿Cómo quién?
- No lo sé...
                            Vuelve a mirarse en el espejo.

- ¿A quién me parezco?... Me gustaría saberlo...
- A los dos... Los dos serían guapos ya que lo eres.
- Y buenos, ya que lo eres.
- Y seguro que se querían ya que tienes tanto corazón.
- Sí... pero...
- ... No tendrían otro remedio...
- Lo sé... pero a veces... siento pena por ellos...
- Y yo... (dicen los dos a la vez.)

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- Voy a llegar tarde. Me voy. ¿Ireís a recogerme?
- Por supuesto.
- ¡Pásalo bien y sé buena!
                                 Se ríe y les lanza besos al aire
                                 y la frase habitual:
- ¡No es compatible!
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Vuelve sobre sus pasos y les abraza a los dos.

Se mira otra vez en el espejo y lanza otros dos besos.
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Espejito, espejito...       El espejo no contesta.

Un espejo no refleja ni el pasado ni el futuro...
                        ... sólo el presente.

sábado, 4 de febrero de 2012

Lynda Lemay... linda.

 

Desde hace media hora, se va llenando poco a poco el mítico Olympia de París.
Público variopinto, amplio abañico de edades. Todos con la sonrisa puesta, saboreando de antemano lo que han venido a disfrutar durante cerca de dos horas: el espectáculo de una mujer excepcional, una canadiense genial, simpática como nadie, natural, guapa, volcando a espuertas en cada una de sus canciones humor, ternura, ironía, generosidad, denuncia social, realidad cotidiana, dominio del idioma, música de la buena, voz y presencia que enganchan, que crean adicción... una gozada.

Un espectáculo que se traduce en risas y carcajadas, lagrimas púdicas y escalofríos, sonrisas cómplices y admiración agradecida entre tantas canciones que tocan todos los temas por muy íntimos o muy duros o muy escabrososos o muy tiernos o muy... cachondos que sean : es que esta mujer es muy completita: más de 20 años de carrera y un record que sólo ella posee: 51 presencias intermitentes y siempre con sabor a poco en el Olympia a lo largo de esos años.
Y "tournées" por su país y por todo el hexágono donde cosecha éxitos y aplausos y cariño.

Y esa noche del 30 de enero del 2012, el espectáculo se alarga entre la euforia de sus incondicionales (todos) de pie, aplaudiendo a rabiar y... una sorpresa mayúscula para el público y para ella: la aparición de su descubridor para el público francés, su "padrino": el gran Charles Aznavour que en nombre del país que la recibe siempre con los brazos y los oídos abiertos, la condecora con la orden del Mérito a las Artes y las Letras, subrayando el lujo de contar el idioma francés con la magia de una " artista de las palabras" que vela por la canción francófona ("en medio del desolador panorama fruto de los tiempos", añadimos muchos de los presentes, quizá cegados por el amor que despierta en nosotros, pero el amor es así: excluyente la mayoría de las veces.)

 http://www.purepeople.com/article/lynda-lemay-bouleversee-par-la-surprise-d-un-charles-aznavour-en-mission_a95257/1

Y para algunos de nosotros, la velada se alarga aún más con el privilegio de unos momentos de charla con ella en el salón de los camerinos, cariñosa, comunicativa, bromista, cercana... linda.... Lynda.

Nada fácil, para mí, el elegir una de sus canciones para traerla aquí...
Y para no traerlas todas... quizás ésta, con la cual ella define su relación, comunicación, comunión con el público y del público con ella.


Un regalo de lujo.
Mi regalo de cumpleaños.

Bien merecíó la pena el avión (que, lo repito, no me gusta nada) desde Madrid y el frío intenso de esos días en París para vivir esa cálida noche en la cual me emocioné como una ... "diezyseisañera" admiradora incondicional de Lynda.

Esta pompita es para ella... y para quien me hizo este regalo tan especial. Gracias a los dos.