martes, 28 de agosto de 2012

El eco

Cuando se mezclan lectura, cine e imaginación...


Levanto los ojos de mi libro un rato para descansar la vista y mi espíritu vagabundea mirando las nubes y pensando en la vida del niño cabrero, el niño púdico y solitario de la novela de Marcel Pagnol que leo por enésima vez y siempre me cautiva por la aparente sencillez de su escritura y la perdurabilidad de sus mensajes.
Me refiero a la trilogía
   "La gloire de mon père", "Le château de ma mère" y "Le temps des secrets"

El entrañable protagonista es Marcel compartiendo con nosostros los recuerdos de su infancia.
Marcel y su devoción hacia su familia, la admiración que siente hacia su padre, la adoración hacia su madre, su relación con cada miembro de su familia.
Pero, para mí, otro personaje importante de esta trilogía provenzal es Lili, su amigo de las vacaciones, con quien tanto compartirá, de quien tanto aprenderá, tan distintas sus vivencias. Dos mundos aparentemente opuestos pero que gracias a la magia de la niñez, se reconocen y se comunican.


Sé cual va a ser la vida del pequeño Lili des Bellons pero, si le sigo primero en el texto, mi imaginación divaga luego por caminos distintos a los que le marcó su autor...
Mágica trampa de la lectura.

Le leo, niño, vigilando sus cabras, haciendo el recorrido de sus trampas, entre matorrales de aromáticas, guardando liebres y pájaros en el morral, asustándose con la mirada airada del búho del Garlaban y jugando con el eco... hablando con el eco... como un Principito provenzal.

                               entrada de la gruta del "Grozibou"
El eco, el único que le responde hasta la llegada de Marcel, su amigo de la ciudad.
Oigo sus gritos y la voz del eco que anima su soledad.
- "¡Ohé!"...-... "¡Hé!"...
- "¡Estoy aquí!"...-... "¡Aquí!"...
- "¡Ven!"...-... "¡Ven!"...

Una risa respondiendo a su risa.

Le imagino mozo, soñador, enamorado y tímido...
Y oigo sus preguntas a todas las flores humildes de la montaña...
- "¿Sí?"...-... "¡Sí!"...-... "¿No?"...-... "¡No!"...

Y el canto obsesivo de las cigarras. Y el sonido de la flauta dulce de pastor. El olor mareante del tomillo silvestre, de la ajedrea... el murmullo de los manantiales secretos en ese paisaje aparentemente tan seco de Provenza; tierra de poetas de lengua cantarina y mágica.
Magia del agua escondida que da resplandor al desierto árido del paisaje... Y se vuelven a mezclar los personajes... Lili... Principito...
Bruma malva y lejana de los campos de lavanda en los llanos. Provenza olorosa.


                  lavanda en Provenza (foto sacada de internet)
Por la novela, sé que de mayor se fue a la ciudad, donde no suena ningún eco; la ciudad donde se desesperó con el sonido falso de las estancias de los cuerpos vacíos. Persiguiendo una respuesta a una pregunta que la guerra truncó.
 "Entre plantas frías del norte cuyo nombre desconocía" nos dice Pagnol.                                         .

A pesar de su autor, le imagino, de muy mayor, anciano ya... un día vuelve a los riscos del Garlaban, al refugio del búho, entre rocas. Para despedirse.
Sin aliento, preguntó "¿Adios?"...
Su voz sonó tan débil que el eco, esta vez sin engaño, no le devolvió siquiera una última sílaba de falso consuelo.
Siempre preguntó.
Nunca afirmó nada más que cosas de su rincón de Provenza; sabiduría libre...

En el valle, entre rumor de pájaros, gemido de ramas y canto de viento, imagino a un alma, ansiosa de responder cual eco y que esperó su voz que nunca le preguntó nada. ... nada...
Este alma no existe, el anciano tampoco.

Pero existen estos tres libros preciosos que me hicieron vagabundear. Como todos.
Ecos de la lectura y que una relectura vuelve más sonoros.



Pompita para Marcel Pagnol que me hizo descubrir y saborear la Provenza mucho antes de recorrerla.

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martes, 21 de agosto de 2012

Coleccionistas de palabras


Los coleccionistas de palabras son gente curiosa, gente afortunada.                                 
 Recogen las palabras oídas por la ventana, las acogen, las miman, las guardan en sitios secretos. Contemplan su tesoro de vez en cuando. Lo enseñan a los amigos. Hasta te cuentan dónde y cómo las encontraron.
Así son los coleccionistas de palabras.
Como otros que coleccionan sellos viajeros, plumas de aves, conchas, hojas de árboles o lo que sea que les haga felices.

Encuentran las palabras. Y sonríen al encuentro que puede producirse en cualquier lugar o momento. Sonríen y las apuntan. Las atesoran.
A veces, las piden prestadas o las roban sin miramiento, tal es su ansia.
Las atesoran.
Unas por su sonoridad, su color.
Otras por su forma, su origen, para identificarlas como un entomólogo sus mariposas, para ponerles rostro, consultando el álbum de familia del diccionario.
Otras veces, las más, por su fondo, su sabor, que les trae un eco que resuena, que vibra también en ellos.
Cada uno tiene su criterio a la hora de hacer su colección.
A veces, las comparten sirviéndolas como manjares en una mesa, mezclando sus ingredientes, sazonando con tiento, cuidando la presentación y la temperatura.
O las regalan como cajas de bombones de relleno sorprendente.
O juegan haciendo trueques o inventan otras nuevas con código secreto como hacen los niños o los enamorados.

A veces, al hojear sus cuadernitos, se dan cuenta de que algunas las tienen "repe". Será que se han tropezado con ellas varias veces a lo largo de los años y que, o bien no habían calado muy hondo la primera vez y las olvidaron, o bien, al contrario, que les gustaron tanto que no les importó tenerlas escritas varias veces y con caligrafía distinta.
No olvidemos que son coleccionistas. O sea, gente rarita.

En las carpetas principiantes, se encuentran algunas palabras superficiales o rimbombantes, sofisticadas o complicadas.
Los hay que se especializan sólo en un campo: bien estructurada su colección que comparten sólo con gente afín, profesionales o estudiantes o simples curiosos.
Y otros más libres, desordenados, bohemios o artistas las mezclan todas componiendo ramos silvestres que van repartiendo por allí.
En las carpetas de los privilegiados, hay palabras asociadas a un nombre querido... o evocadoras de un momento o lugar especial... o en varios idiomas... o lo que sea que a ellos les gusta.

Con el paso del tiempo, la lista de sus palabras crece, al ritmo de lo que encuentran en su camino, de los regalos recibidos, de los trabajos de investigación a los que han dedicado sus horas libres.
Los coleccionistas son gente entregada.
Pero si va menguando su lista, no es que se empobrezca, no; es porque se depura, obviando palabras que ya no hacen sonreír ni sorprenden, ni entusiasman... marchitas ya... sin perfume.

Si en su "carpeta de hoy", (por no decir "ultima carpeta" (no me fío yo de esta palabra "último o última": ¿la última será la más actual o la que será seguida de un punto final?) ) si a veces muchas les parecen tan gastadas ya, se preguntan si hicieron bien en encerrarlas en cuadernitos.
Entonces escriben frases, textos, libros para que las palabras puedan volar como nubes llenas de agua nutritiva o nubarrones tormentosos que estremecen o simplemente nubecillas bonitas como efímeras mariposas que alegran la vista.

Y algunos, en sus momentos de "corazón a marea baja" como cantó Brel (a quien le tomo prestadas estas palabras) , algunos piensan:
"La próxima vez, colecciono sólo perfumes"
Pero no saben que los perfumes también vuelan.
Y otros coleccionistas empiezan a escribir con pluma mojada en agua olorosa, frases que encierran en frasquitos de cristal que tiran a la inmensidad del mar... y empiezan de nuevo los trueques, intercambios, regalos, guiños...

Abrir un libro, leer un texto ajeno, es como abrir un frasquito de perfume...

O abrir una ventana y apoyarse en el alféizar de la mañana, y contemplar... y saltar por la ventana y luego entrar en el paisaje para mirarlo de más cerca, y hacerse pintor y añadir un árbol, una nube, un pájaro...

Y entrar en un blog conocido o desconocido es lo mismo.
 ¿con qué nos perfumaremos, hoy?...

Pompita para todos vosotros,
                    que visito y que me visitáis, mirando unos y otros por las ventanitas.

Y en especial para "mariajesús" a quien se le duplican las letras y multiplican las palabras.
y "mientrasleo" que siempre tiene alguna olorosa sorpresa reservada entre sus "montones de libros".
y mi amiga "mabel" que todo lo pinta color esperanza.

PS aunque vieja conocida, mi palabra apuntada de hoy:
                               "alféizar"
 por su color, su música, su origen... y todo lo anterior.
                               Y ¿la vuestra?...

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martes, 14 de agosto de 2012

Volvemos a las "nadadas"




Secándose estaba. Momificado ya de tan seco. Esperándome. Desde nuestro último chapuzón, hace tanto tiempo. (nos castigaron por abusos.)

Nos gustaba jugar, saltar, correr, las risas, el ritmo, las salpicaduras, el olor a cloro.
       Los
             "¡Uy! ¡qué fría está hoy!",
                            "¡Vamos, chicas!",
             "No puedo más con mi cuerpo",
                            " Hoy se ha pasado el profe"
             "¡Secador libre!",
                            "¡Nos vemos el lunes!"

A él, hasta le gustaba la música de la clase de aquagym (a mí no tanto, pero para darle gusto, seguía el ritmo) pero nos castigaron a los dos sin saltitos en el gresite azul-piscina. Por abusones. Por discrepancias.
"Esto, no le conviene de momento. Mejor, bicicleta estática. Es por su bien" dijo este señor de bata blanca, tan triste y tan mandón.

Le gustaban las charlas antes del agua con el bañador blanco tan atlético, los esfuerzos y las risas dentro del agua con el color fuscia tan sofisticado o con los dos bañadores negros, anchotes, algo torpes y tan alegres, y más charlas despues del agua con el gorro azul marino, jubilado parlanchín y el gorro de flores verdes más parlanchín aún.
Y el sentirse arropado por el albornoz amplio, y el mareo de la centrifugadora del vestuario, y su bolsita transparente... ¡ay! su bolsita transparente... donde abrazaba a las gafas y el gorro plateados... ¡ay!... y su descanso tomando el sol, rozando con el hombro la toalla naranja... y suspirando por la siguiente clase.

Sé que lo echaba de menos.
No me atrevía a mirarlo.
Me daba pena.
Le oía quejarse: "Llévame, anda..."
Al verlo tan abandonado y tan triste, esta mañana le he dicho: "¡Qué narices! Si no saltamos con música, por lo menos hoy nos echamos unos largos tú y yo, solitos.
¡A ver quién aguanta más! ¡Te desafío!
No estamos para Olimpiadas pero ¡qué nos quiten lo bailaó!"

¡Qué a gusto nos hemos quedado!

Pompita con agua (fría) de gresite azul.

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martes, 7 de agosto de 2012

Una de policias y ladrones...




Las veía desde donde estaba sentada, con mi libro y mi botellita de agua al alcance de la mano, disfrutando de la tarde.
Estaban a pleno sol, paseando en la arena. Solas o en grupo. Todas morenas, muy morenas, la piel brillante, animadas, cintura de avispa.

Un grupito llamó mi atención. Parecían conspiradoras: se habían parado y cuchicheaban, sus cabezas casi tocándose, gesticulando pero lo imprescindible, sin gritos.
Parecían amigas íntimas. Sin embargo, hubo un momento en que pensé que iban a pelear: una asió a la que tenía cerca y la zarandeó. Pero en seguida se calmaron y siguieron con su conciliábulo discreto (¿quizás eran mudas?)

Luego, de repente, el grupo se disolvió y cada una se fue por donde le apeteció. O hacia donde las llamarían sus obligaciones.
Algunas de dos en dos. Otras, solas.
Una, algo más nerviosa que las demás, se fue sola pero volvió enseguida sobre sus pasos y recogió un bulto que había en el suelo y que se le habría olvidado con el sofoco de la conversación o con las prisas.

Como me intrigaba, me levanté y la seguí. Andaba yo despacio, observándola desde lejos, fijándome en su caminata que me pareció algo errática (se confirmaban mis sospechas: era miembro de una asociación secreta, quizá peligrosa, planeando una invasión a gran escala, una guerra sin cuartel; era una conspiradora que quería borrar huellas ¿me habría descubierto? ¿hasta dónde me llevaría en su deambular para despistarme?)

De repente, se paró. Parecía perdida. Pero, arrimándose a una pared larguísima, siguió todo recto, ya sin titubear. Casi corriendo a pesar del enorme bulto que llevaba (¿qué transportaría, tan importante que no lo soltó ni un momento? ¿material robado? ¿droga? algo muy valioso para ella, sin duda)
Estaba en forma, está claro: tan delgada y tan fuerte y corriendo con ese calor, cargada con ese bulto de forma indefinida pero que se intuía muy pesado.

Cruzó una esplanada (la crucé yo también), torció hacia un pasadizo (torcí) y dejó el bulto delante de un recoveco que había en la pared y donde otra, con el mismo aspecto enigmático, parecía esperarla. Intercambiaron información durante un rato (bueno, esto me lo imagino porque desde donde estaba seguía sin oírlas) y luego, la de la entrada se metió adentro, llevándose el bulto misterioso.

La primera de mis conspiradoras fue hasta una puerta de madera y se paró en el umbral (me paré también, fingiendo mirar hacia otro lado). Levantó la cabeza (parecía un perro olisqueando el ambiente). Dio media vuelta, como molesta, disgustada y volvió más despacio (algo cansada me imagino) hasta el lugar del encuentro y entró también.
Y la perdí de vista.


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Creo que lo he conseguido: no soy mala y no les veto la entrada al cuarto de baño (al fin y al cabo, vivían en esta zona mucho antes que nosotros, mucho antes de que construyéramos la casa) pero en una temporada, no se acercarán a Mi despensa... las hormigas.

Pompita soplada con curiosidad hacia ellas.

Y con admiración hacia Bernard Werber que escribió, mezclando rigor científico y fantasía desbordante,
su "Trilogía de las hormigas".
Historia que me viene siempre a la mente cuando las veo o si me hablan de ellas.

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