viernes, 31 de enero de 2014

... o abusando

(... continuación)
Reaccionó de repente y salió corriendo de este sitio que lo rechazaba
y que rechazaba...
 
Nada más encontrarse fuera, sus pulmones, sus ojos, su cuerpo se abrieron, se liberaron y empezaron otra vez a sonreír, a reír, a disfrutar.
Y en cada carcajada que brotaba por todos los poros de su piel, el mundo, Su Mundo, recuperó todos los matices que los fríos soldados defensores de las Normas de la Tierra Sin habían intentado robarle:
imprevisible, aromatizante, lelo, soso, lela, explicativo, bromista, anaranjado, libre, arácnido, ilusionada, amplio, pensativa, prístino, cerebral, propia, distinto, armonioso, interpretable, confiada, cristalino, imponente, embrujada, natural, risueño, gramatical, multicolor...

Y al recuperar su sitio en el texto (texto que había intentado escribir con el reflexivo y conciliador ánimo de obedecer a una incomprensible y agobiante ley anti-excesos y redactar con la buena voluntad deseosa de demostrar respeto humilde hacia la experiencia ajena, experiencia añosa, cuadriculada y encorsetada por la austeridad gris críptica, casi matemática, la autoridad sectaria y castrante de una escritura sellada con apagados tintes nada elásticos sino más bien escolásticos),
al recuperar de forma espontánea y fluida su sitio natural, cada uno de esos matizantes adjetivos rescatados lo coloreaba con el peculiar oxígeno embriagador e híbrido que le era habitual.
Que le era vital.
Y las exuberantes mariposas irisadas y perfumadas volvieron a brotar, excesivas, sin orden ni ordenanzas, caóticas y libres.


Pero... al escudriñar el cuadro que su entusiasmo ingenuo y rebelde había pintado, se preguntó si tantas frágiles mariposas no estarían ahogando la luz natural... o escondiéndola en una luz artificial...

Las preguntas sin respuesta seguían persistentes...Y esto lo asustaba.

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Pompita abusiva, provocativa, respondona y... y...
... ¡Cachis! me quedé exhausta, arrugada y... y... y sin adjetivos...
o casi... Esto me pasa por ser... derrochona.
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PS Estos divagares últimos son frutos de discusión y reflexión sobre el uso y abuso de los adjetivos calificativos y que se pueden resumir en esta frase de Alejo Carpentier:

                       "Los adjetivos son las arrugas del estilo. "

Gracias, Diego, por este divertimento.
Besico... sin calificar pero... a mi estilo. ;)
(No me lo digas, lo sé: muchos puntos suspensivos también... :D)

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martes, 28 de enero de 2014

No usando...


Nada más entrar, notó que algo fallaba. No habría sabido explicarlo pero sentía incomodidad. El ambiente rezumaba frialdad, falta de luz, de alegría. Como si una capa de niebla y viscosidad se hubiera apoderado de los objetos, de los espacios, del aire que respiraba. Dió unas vueltas por la estancia, subió por las escaleras, abrió puertas, armarios, cajones y baúles en busca de no sabía qué, paseó un dedo por el desconocimiento de las estanterías... Y notó en su piel el rechazo de cada objeto. Como hacia quien no está en su lugar, como quien intenta vestirse con la ropa de otra persona o caminar con zapatos de un número que no es. Lo intentó. Lo intentó pero no encontraba la forma de hacer lo que había venido a hacer en este sitio. No encontraba el modo de explicárselo pero necesitaba otra cosa, otros sonidos. Abría la boca como pez fuera del agua y sus gritos no alcanzaban a explotar: era sencillamente incapacidad del cuerpo, como si faltaran cuerdas al arco de su garganta. Sus gestos adquirían una lentitud, una desgana que nunca había experimentado, su boca masticando sin conseguir tragarlo un alimento con sabor a metal.
Sus pies que el suelo absorbía, sus manos que unas tenazas retenían en unos bolsillos sin fondo por donde iba escapando su aliento, ya no le obedecían.

Reaccionó de repente y salió corriendo de este sitio que lo rechazaba
y que rechazaba...
                                            (continuará...)

martes, 21 de enero de 2014

Las mantitas de lana


Cuando el ambiente está desapacible, cuando el frío nos echa dentro de casa, cuando el cuerpo y el alma necesitan calma y calor,
es cuando aparecen: ellas, las mantitas de lana.
Las hay para todos los gustos y de todos los colores, nuevecitas o raídas de tanto uso, de la tienda o caseras, pequeñas o grandecitas.
Sea como sea, creo que todos tenemos una mantita de lana
que nos arropa y a la cual tenemos apego.

Hubo una etapa de mi vida en la cual tejía mucho:
principalmente jersecitos que iban creciendo de año en año
a la vez que mis hijos.
Cambiaba el color según sus gustos, lisos o de fantasía complicada.
Y cambiaban los puntos empleados según el ritmo de mi aprendizaje: punto de musgo, de arroz, de trigo, de garbanzo, ochos o trenzas,
del derecho, del revés, calado o irlandés.
Los niños crecen, sus gustos, necesidades y aficiones cambian,
los míos también.
Muchos de esos jerseys se regalan y otros duermen,
olvidados entre naftalina, hojas de laurel y bolsitas de lavanda.

Hasta que un día de limpieza de armarios, reaparecen los ovillos, ahora redonditos de reciclaje y sin su pulsera de identificación de recién salidos de la mercería.
Y reaparecen también los juegos de agujas de todos los números de la esfera y el monólogo interior que reanuda su baile al compás alegre
de la musiquita metálica.

Y de allí salen las mantitas de las siestas de sofá,
arropando con el calor de sus vivencias pasadas.
Y la modorra acaricia el arcoiris... esta lana verde manzana que fue jersey, la rosa suavecita de una chaquetita, la azul marino de una bufanda, la amarilla, la gris, la roja... Todas, recuerdos enlazados.
Y en el duermevela, justo antes de zozobrar entre las hebras multicolor, mis labios se abren en una gran sonrisa, eco de las risas de ayer.

Pompita de punto bobo.

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viernes, 17 de enero de 2014

Bienvenida




                    Alegría!
                    Nueva
                    Alegría.

                   Música, 
                   Amanecer
                   Risueño.
                    Ilusionas,
                   Almendrita.



Pompita para Ana María.

martes, 14 de enero de 2014

Un extraño descubrimiento




El pastorcito andaba llamando y buscando y rebuscando entre rocas:
le faltaba una cabritilla...
Llegó hasta un hueco estrecho medio tapado por una zarza; cerca de la misma brotaba un escaso manantial que alimentaba la charca y donde suponía se había acercado el animalito.
Y efectivamente la oía balar desesperada en el fondo de la pequeña gruta donde él se introdujo con el fin de salvarla; y fue cuando le entró a la vez un miedo tremendo y una curiosidad infantil irrefrenable:
Había un cadáver cerca de la entrada... se veía reciente... envuelto en una tela de tacto extraño y con los ojos tapados por una cosa rara como dos cantos redondos, lisos y brillantes. Le llamaron al atención sus pies, escondidos en tubos extraños y la forma sorprendente de los dedos de sus manos, encogidos y con la punta aplastada, desgastada.
El cuerpo estaba rodeado de una cantidad increíble de bultos alineados y apilados que no conseguía identificar: todos eran como cajas, algunas grandes y otras, pequeñas, del tamaño de su mano, con superficies lisas o salpicadas de irregularidades, la mayoría negras, hechas de un material que él desconocía, todas con cuerdas muy lisas. Todas las cajas llevaban signos, algunos de colores, signos para él tan incomprensibles como los que había visto en el taller donde trabajaba su padre. Cogió una de estas cajitas planas y la escondió entre los pliegues de su ropa.
Consiguió sacar a la cabra, salir de entre las rocas y reunirse con el resto de su rebaño que llevó casi corriendo hasta el pueblo. Guardó los animales en el redil y se encaminó ilusionado hacia el taller de su padre con la idea de contarle su descubrimiento.
Pero el hombre, ajeno al polvo y el ruido del lugar, estaba absorto en su tarea: le encantaba su trabajo al que se dedicaba desde niño. Rodeado de imponentes bloques de piedra, daba rienda suelta a su imaginación...
El gran sacerdote le había encargado un bajorrelieve lleno de ibis paseando entre flores de loto y juncos.
El pastorcito se sentó en silencio en un rincón y sacando la cajita de entre los pliegues de su túnica, cogió un cincel y empezó a reproducir en la piedra los signos que le intrigaban: nokia, nokia, nokia...

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El guía llamó la atención a unos turistas de su grupo:
- "Les recuerdo, señores, que está prohibido hacer fotos
    dentro de la pirámide.
- Pero ¿ha visto esto?...
- Sí... desgraciadamente, unos no saben respetar los mensajes de estos anónimos artistas milenarios y se empeñan en dejar sus graffiti publicitarios por todas partes...
Ahora, si quieren seguirme (cuidado con la cabeza. Y los escalones), en la siguiente sala vamos a intentar descifrar
varios cartuchos..."              

                             
                            
















viernes, 10 de enero de 2014

Un nuevo árbol



Anoche, me dormí tarde, más tarde de la una: una noche de lechuza, preguntando entre nubes.
Y como siempre en estos casos, para relajarme y favorecer la llegada del sueño esquivo, visualicé cosas bonitas: olas suaves, campos de flores llenos de trinos de pájaros, árboles... Sobre todo árboles.

Y no sé por qué asociaciones vagabundas, me dormí con un haiku bailando cerca de los cerezos y con la imagen de un almendro en flor...
Me gusta su apariencia de árbol nevado y sus frutos deliciosos,
muy mediterráneos.

Y como nada ocurre al azar, esta mañana lo entendí:
hace mucho y hace muy poco,
una bruja me predijo la llegada de la primavera
y un duende me ha confirmado la noticia:
el almendro es de los primeros en florecer.

Ya ha florecido un almendro en la costa mediterránea
y traía entre sus ramas un hadita rosada,
medio escondida desde hace meses ;)

                                      ¡¡¡ ha nacido AnaMaría !!!

¡¡¡ Enhorabuena, Mari, Jordi y para toda vuestra familia !!!

Pompita de B7ssss + S  para los papás y su nuevo retoño. :)))))

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martes, 7 de enero de 2014

Un cuento de invierno


Os confieso que la primera vez que noté su presencia, me molestó:
me gusta pasear sola, con el único sonido del chasquido de la hierba helada y quebradiza bajo mis pies.
Y durante aquel paseo, me sentí observada, como si alguien me siguiera. Pero no veía a nadie.
A ratos un mirlo levantaba el vuelo, gritando enfadado, lo que me hacía sospechar que allí estaba, detrás de mí.
Varias veces me dí la vuelta muy rápidamente para pillarle pero desaparecía siempre detrás del tronco de un enebro o entre las rocas.
Y sólo entreveía un reflejo fugaz, una especie de relámpago azulón.
Me pareció pequeño, muy pequeño. Demasiado pequeño para estar paseando solo entre riscos y jaras.
En el sendero de vuelta, donde el sol no había alcanzado a derretir la nieve entre las matas de tomillo, me llamaron la atención unas huellas diminutas.
No eran de un animal conocido; más bien se asemejaban a las de un niño...pero descalzo... y eran tan, tan pequeñas... Las seguí. Apartándome del sendero y escudriñando entre las plantas silvestres.
Muy intrigada, me dejé llevar por ellas durante un rato, como quien sigue miguitas de pan, y comprobé que a cada paso se hacían más pequeñas aún, más ingrávidas, saltarinas, erráticas; parecían sin rumbo fijo; haciéndome arduo el camino en su busca...
Hasta que, como un espejismo, se desvanecieron al pie de una madriguera abandonada, su entrada obstruida por la música de una frágil cortina de telarañas de cristal y lágrimas de hielo.

Unos días más tarde, pensando todavía en el curioso incidente,
me disponía a dar de comer a los pájaros cuando le vi otra vez:
algo más grande que un gorrión, con un capirote celeste terminado por un bonito madroño de espumillón plateado; y sin nada que cubriera su cuerpecito blanco salvo un leve y deshilachado pantaloncito añil de reflejos herrumbrosos que le llegaba a la mitad de las pantorrillas. 
Pude observarle a placer: estaba dormido, medio escondido entre la hiedra escarchada, la cabeza apoyada en el madroño de su gorro,
largas pestañas rufo dorado y labios del color del cielo serrano, esbozando una sonrisa. Y le reconocí:

                            ¡¡ Era un duende de invierno !!

¿¿ Qué hacía aquí en el jardín ??
                            ¿No viven los duendes en los bosques?

Como si hubiera oído mi pregunta muda, abrió los ojos, se desperezó con cinco piruetas, me sonrió con un guiño pícaro y se sacudió el azúcar impalpable de la escarcha pegada en los pies y en su traje brillante .

Luego, sin palabras, trepó ágilmente hasta el comedero de los pájaros
y se sentó en el borde, esperando.
Recobrándome de la sorpresa, conseguí preguntarle, en voz baja:
"¿Tienes hambre?" Me sonrió, afirmativo.
Con el plato de los pájaros todavía en las manos, le propuse:
"¿Te apetece esto?" Y a modo de respuesta, se lo comió todo.

Me habría gustado preguntarle sobre su vida, sus gustos, de dónde venía, cómo se llamaba y muchas más cosas, muchísimas... pero recordé que los duendes de invierno no hablan.
Y me quedé callada, mirándolo, asombrada por su apetito.

Cuando se cansó de comer, quitándose el gorro me hizo una reverencia graciosa, me mandó un beso y desapareció al pie de la vieja lila, tragado por la trampa apretada de sus recias y grises ramas, desnudas como espadas y donde la nieve, ya sucia, se resistía a desaparecer.

Esto ocurrió hace unos años y nunca le he vuelto a ver...
pero en las gélidas mañanas de invierno,
siempre relleno un poco más el comedero de los pájaros,
por si vuelve...

Y una mañana de hace poco, encontré esta diminuta joya,
            con su cadenita de plata titilando,
colgada de una rama desnuda de hojas y orlada de nieve.



No sé cómo llegó hasta aquí...
pero sospecho que se deslizó por un rayo de luna
y me hace ilusión imaginar que quizá, me la ha regalado un duendecillo
desde el bosque de estrellas del cielo,
jugando al escondite detrás de las nubes blancas.

Pompita de invierno.

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