Es un enebro y es un árbol importante del jardín. No es espectacular, ni luce en un sitio privilegiado; lo que le hace especial para nosotros es el nombre que le pusieron mis hijos cuando eran pequeños:
"El árbol de los pájaros".
"El árbol de los pájaros".
Se encuentra en la parte trasera del jardín, en la zona libre, apenas domesticada y es el preferido de los pájaros de los alrededores porque es allí donde, desde el primer momento, les hemos dado de comer en invierno y primavera.
Elegimos éste por su proximidad a la cocina que lo domina desde su medio primer piso y desde donde les podemos observar y poner nombres, los auténticos... y los motes.
Recuerdo con cariño al "Pirata"... era un herrerillo cuya pata derecha se veía seccionada y le quedaba sólo... la pata de palo, sin garras. Lejos de dejarse abatir por sus circunstancias, el "Pirata" era el más atrevido, el más glotón, el rey del barrio que se peleaba por la mínima migaja e imponía los turnos en el comedero.
En el comedero del "árbol de los pájaros", nos visitaron también de forma muy asidua una pareja de carboneros de comportamiento preocupante: no paraban de picotear, volar, volver a picotear y vuelta a empezar; los pobres habían incubado en un seto próximo y estaban alimentando a un intruso: un cuco. Daba pena verles en su afán por criar a un pájaro voraz y más grande que ellos. Hasta nos parecía que tenían ojeras.
Allí también son habituales los rabilargos tan hermosos y de grito tan desagradable; llegando en bandadas de ocho, diez o más, dejan el comedero limpio en un pispás y hasta se atreven a mirar por la ventana por si hubiera algo más.
Y sus primas las urracas, tan útiles como antipáticas y escandalosas.
Y los mirlos, muy madrugadores y muy voraces también, a cualquier hora.
Y sus primas las urracas, tan útiles como antipáticas y escandalosas.
Y los mirlos, muy madrugadores y muy voraces también, a cualquier hora.
Algún petirrojo tímido que nunca sube al comedero por no ser el menú de su gusto, salvo cuando el hambre aprieta en los días nevados, sino que se limita a picotear por el suelo los restos de los banquetes. Vamos... el pariente pobre del jardín.
Y multitud de capuchinos con desparpajo que hasta vuelan del árbol al poyato de la ventana reclamando que se les llene el plato, picoteando en el cristal.
Sin olvidar a los gorriones ruidosos y juguetones y algún pinzón que desdeña la comida casera y rara vez se acerca.
Y por el suelo, pero no atraídas por mi menú especial sino por los insectos y larvas de este jardín sin química, unas raras abubillas tan esquivas que todavía no he conseguido retratarlas.
Y algunas palomas que antes no se acercaban (mi perra les tenía manía...) Y algunas tórtolas que me encantan, tan dulce su arrullo...
Pompita para ellos .... " ¡Chicos! ¡ Menú de hoy: grasa del jamón con pan duro y manzana! "