martes, 21 de julio de 2015

Hay mil maneras... aquí, otra

Hoy mi manera de contaros Islandia será... en clave animal
y a lo bestia también... ¿Estais preparados?...
Empezaré por los ovinos: ya sé que no es un bicho de lo más apasionante pero en ese país, es más fácil cruzarse con ovejas que habitantes. Dicen que ganan a los humanos por tres cabezas a una. Y me lo creo: están por todas partes; en las llanuras, o cerca de las cascadas, en las laderas escarpadas, o cerca del mar, entre rocas o cruzando las carreteras.


Vaya, me falta una... Es que van tan libres todo el verano y con tanto espacio sin cercar que es difícil pillarlas juntas...


 Los caballos, preciosos, con su renombrado trote particular.


Los renos, no fáciles de ver, lejanos y esquivos y con pelaje de camuflaje.


Faltarán las hormigas: por lo visto, en Islandia no hay. (curioso ¿no?)
Pero hay arañas: hasta en los acantilados de las playas, bien ventiladas, he visto sus telas.

Y pasando de lo muy pequeño a lo muy grande, seré original pues no os pondré las tradicionales fotos de ballenas. Toda la vida presumiendo de  "Yo, no me mareo nunca en barco" y hace años en Noruega, para ver las ballenas, me estrené... ya me entendéis. Y no quise repetir la desagradable experiencia.

Y faltarán también las focas (vistas pero no retratadas: son más rápidas que yo) ¿O esto era una foca?... No sé, no sé... Quizás... Le dejaremos el beneficio de la duda.


Otros bichos que uno espera encontrarse en esa tierra vikinga son los descendientes de Hugin y Munin, los cuervos de Odín. Algunos vi y oí.
Pero más me gusta traeros esta versión de voz más melodiosa.

https://www.youtube.com/watch?v=DKagNKtE4eE&list=PLWU_G6uw0RwLWkhHeKDAxvvEqP7erVUiI&index=3

PERO, PERO, PERO...

Pero traigo en la cámara y en la retina a algunos de mis amigos alados: en este paraíso para ornitólogos y "pajarólogos", las cámaras hacen horas extras, echan humo, gastan sus baterías a la velocidad de la luz... y hasta se cabrean algunos días pidiendo descanso.

Eideres, fulmares, gansos, tordos, patos, " X" (¿agachadizas?), gaviotas (¿pero cuáles?), págalos (¿?), falaropos, charranes, ostreros  y "eteces" (muchos eteces, algunos vistos y otros no, algunos identificados y otros no) Intentar ponerles nombre a cada uno me costó trabajo. Y no estoy muy segura de haber acertado...


 

 





Y... Y... ¡¡ frailecillos por supuesto!!





 El frailecillo, el ave emblemática de Islandia cuya imagen se encuentra en todas partes y de cualquier forma, tamaño o material.

No me pude resistir y ejerciendo un día, no de "senderista cámara en ristre" sino de "turista pura y dura"... me traje uno: está en la puerta del congelador (para no sentirse demasiado desplazado) con otros bichos viajeros.


 Hay mil maneras de disfrutar de un viaje...
                          y contemplar la vida animal es una de ellas para mí.
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martes, 14 de julio de 2015

De mil maneras... otra

Hay mil maneras de contar un viaje.
Y mi segunda opción es de colores:

Allí, al norte del norte del norte, se encuentran todas las tonalidades de blanco, de negro y de gris que te puedes imaginar.
De la nieve, del hielo, del basalto y de las nieblas.
Pero también en esta temporada de sol insomne, hay una increíble paleta de colores en Islandia, como si el paisaje quisiera resarcirse de meses de oscuridad; una paleta donde predomina el azul:
El de los altramuces invasores que rivalizan con el cielo y el agua...




  ... y también con el azul de los glaciares y el de los ojos amables de los islandeses sonrientes.




Y el blanco del hielo veteado por el negro de las orillas que su tenacidad desmenuza sin pausa. (con el color de la alegría añadida de saber que no todos los glaciares retroceden...)


Y el negro, gris o rojizo de lava por donde se circula, la mayoría de las veces, en pistas de escoria. Pistas incómodas, interminables, inhóspitas, azotadas por un viento gélido. Viento que sin embargo se agradece pues despeja las cimas y aleja a las moscas pesadas...




... zonas inhóspitas que unas plantitas valientes se empeñan en salpicar de colores tiernos y efímeros.


Y el gris verdoso o amarillento del liquen que cubre las bombas antiguas y sustenta a los renos cuando desaparecen las praderas.


Y el amarillo azufre que ribetea las charcas negras de barro burbujeante y las proximidades de las fumarolas y géiseres, impregnando el aire de calor sofocante y olor penetrante.



Y el verde intenso de las praderas que alimentan a caballos y ovejas


Y todos los colores del arcoiris aparecen cuando se encuentran el viento y el sol en una de las innumerables cascadas. Y es fácil que esto ocurra: mucho viento y mucho sol en este cielo sin contaminar. Y las cascadas brotan por doquier, pequeñas o espectaculares.




Hay mil maneras de contar Islandia...
Hoy ha tocado pompita de colores.
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martes, 7 de julio de 2015

De mil maneras... una.

Hay mil maneras de contar un viaje.
Y algunas pompitas bullen en el caldero de mi cabeza.
Y aún más desde que volví, ataviada para el hielo y aterrizando en el horno de Madrid hace unas horas.
Así que hoy la primera pompita que os traigo es... refrescante.


Hay mil maneras de contar un viaje...
.

jueves, 11 de junio de 2015

Preguntas al viento


¿Quién es esta mujer, cuando mira el mar?...
¿Con quién habla al anochecer?...



¿Con los pájaros volando?...
¿Con las velas abiertas de los libros?...
¿Con los barcos anclados?...

¿En qué piensas, mujer, sentada en la orilla?...



Pompita de espuma de mar.
                                               Para ti, J., para hoy. ;)
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martes, 2 de junio de 2015

Cacofonía lunar



En el poyato de mi ventana
cada noche se pregunta
la lechuza Eulalia.
Ulula: " ¿Olela? ¿olola?"

-  "¿Dónde? ¿Dónde?" pregunta un autillo,
egagropilando, concienzudo y listillo.
Repitiendo "Où? Où?"  matiza:
(pues estudia idioma e ironiza)

- "Yuyú" los saluda el mochuelo del olivo
 (que no se entera ni un hue...
so de aceituna
(que no rima nà de nà.) )

Un poco sordo y al tuntún,
un viejo búho buhonero
cabecea, balbucea:
- "¿Aliaum, aliaum?
 ¿In saecula saeculorum?"


Y el cárabo carabobo caraspeando
contesta cual eco:
- "¡Ululú, palulú!"

¡Retruécano, decano! ¡Menuda cacofonía!
¿O lela o lola o lulú ?
¡Olala!
No hay quien los entienda.

[ En este momento del relato ruidoso,
mirando desde abajo hacia el poyato,
pregunta nervioso el gato goloso,
(acechando imposible plato) :
-¿Miau? ¿Miau? ]                      

A todo esto, protesta Morfeo:
"Yo lo coloco, lo coloco..."
 "... y ella lo quita, lo quita."
replica la luna.

¡¡ Menudo cachondeo!!
¡¡ Menuda cacofonía!!
Con todo esto,
no hay quien duerma.

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Pompita para la luna llena lloviznando en llanura su llanto llameante.

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martes, 19 de mayo de 2015

Te tengo que contar algo raro...


- Era una farmacia de ésas muy antiguas ¿sabes? En el escaparate, pastilleros varios, unos de madera con tapas esmaltadas, otros de marfil amarillento con filigranas de plata, diseminados en un bosque de plantas silvestres... Encima de la puerta, una hilera de cascabillos que tintineó al entrar... A su izquierda, había un gran jarrón de cristal panzudo medio lleno de pétalos de flores y cerca, una frase troquelada en forma de flecha señalando su boca: "Gracias por donar tu savia."... Al otro lado de la entrada, un sillón de orejas, desvencijado y cojo, la tela ajada dejando ver su relleno de esparto... Estanterías de madera oscura repletas de frascos de cerámica cuidadosamente alineados...  Con su olor entre adelfa y alcanfor... Unos visillos de encaje apolillado colgados de una barra de latón en la parte trasera del escaparate no dejaban pasar más que un mortecino hilo de luz dorada donde bailaban motitas de polvo...
No había expositores de colorines ni batas blancas con sonrisas de dentífrico ni máquina moderna para tomarte la tensión...
- ¿Por qué entraste?
- No sé... Hacía muchísimo calor fuera... Me dolían los pies de tanto patear la ciudad. Quizá pensaba comprar algunas tiritas: me rozaban las sandalias. No lo recuerdo...
- Sigue.
- Pues al entrar, lo primero que noté fue un frescor de heno mojado... o de moho... y sobre todo el silencio. Como de bodega... o de cripta ... Y como no venía nadie para atenderme y no tenía prisa, me puse a mirar los rótulos en los cajones de las estanterías bajas. En algunos había sólo pequeñas láminas de flores sencillas. Otros estaban escritos a mano, con tinta deslavada, roja y negra, y una caligrafía rebuscada llena de volutas donde pululaban mariquitas. No pude descifrarlos todos por la letra borrosa. Y algunos eran sorprendentes...
- ¿Qué ponían?
- Cosas como... "Infusión para abrir sonrisas" o "Pomada para dar brillo a las calvas" o "Jarabe para quitar murciélagos de la garganta" ... todos eran así de raros.
- Pues sí...raros, rarísimos... ¿Qué más viste?
- También había en el mostrador dos canastillas de mimbre de igual tamaño: en el asa de una, llena de caramelos verdes y violetas, un lazo de tela blanca ponía "Para olvidar las cosas que..." y en la otra, llena de aceitunas violetas y verdes, el lazo decía "Para recordar las cosas que..."
Y entre las dos, una invitación:
                             "Sírvete pero escoge sólo dos de cada cesta."
- ¿Y qué hiciste?
-  Justo cuando iba a servirme, fue cuando apareció un hombrecito... También era extraño: un vejete bajito, rechoncho, de pelo ralo y ojos brillantes. Lucía un poblado mostacho rizado y vestía un chaleco pasado de moda, de satén damasquinado verde chillón sobre una camisa gris llena de manchas... Llevaba también un monóculo sin cristal en la mano derecha y en la otra una probeta llena de un precipitado burbujeante de color canela... En el hombro, un lagarto azul...
Me miró afablemente y me preguntó:
" ¿Qué deseas?..."
- ¿Quién? ¿¿El lagarto??
- Jajaja... No. El lagarto dormía... Me lo preguntó el boticario.
- Ah... Sigue.
- ...
-... ¿Y...?...
- ... Y no sé cómo sigue porque fue cuando me di cuenta de que tenía la mano pringosa del helado que se derretía. Me dolían los pies y me dolía la cabeza también por el olor dulzón de las adelfas. El sol había bajado trás los edificios pero yo seguía sintiendo mucho mareo a pesar de la proximidad de la fuente donde me había parado... Entonces me levanté del banco, metí las manos en el agua helada y me fui en busca de una farmacia. Pero en ese barrio, no había... Sólo covachas viejas, y la mayoría de ellas con puertas cerradas con candado, sin rótulos, sus ventanucos de cristal roto opaco de telarañas, ...
- ... Y... ¿qué más?...
- Nada más... Entré en una que me parecía abierta: me llamó la atención su pequeño escaparate, los pastilleros de anticuario, el reclamo del cantueso polvoriento, de los celemines llenos de bulbos de vinagrillo, las semillas negras de adormidera entre erizos de estramonio y ...
Y lo que pasó después, ya lo sabes... Era como una farmacia de ésas muy antiguas...
- ...
- No me mires así. Ya te dije que era muy raro lo que te tenía que contar...

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Pompita sin más.


martes, 5 de mayo de 2015

Para los que creen en los duendes...


Diminuta. Sin apenas brillo. Como una mota de polvo colgada inmóvil entre bambalinas. Perdida en un barrio alejado del tío vivo gigante donde sus hermanas giraban en un predecible vals sin escapatoria ni descanso.
Algunas llevaban apellidos rutilantes de rancio abolengo; otras, nombres de animales de todos conocidos. Otras muchas, un escueto mote sólo compuesto de letras y cifras, incomprensible para los mortales.
Y todas acaparaban las miradas de unos astrónomos estudiosos que las hacían suyas sin pudor, dándoles su propio nombre o el de sus amigos.
Pero ella, tan etérea, resultaba invisible para sus gafas de metal frío y cristal grueso. Ni los astrólogos tan dados a fantasear sabían de dónde venía ni de qué estaba hecha ni cuál sería su futuro.
Nadie reparaba en ella.
Tan insignificante que nadie le había puesto nombre al nacer.
Y aunque unos pocos terrícolas, en sueño, intuían su existencia,
nadie la había visto jamás.

¿Nadie?...

Una noche, unos alegres duendes galácticos celebrando cumpleaños (o lo que fuera pues a los duendes les gusta celebrar), unos duendes, os decía, soplaron con tanto entusiasmo que un tornado arrancó los imperceptibles hilos que la ataban en su rincón del universo y sintió la atracción de todas sus partículas plateadas hacia un imán gigante: el planeta azul.

En su caída, su larga cabellera multicolor dibujó un fugaz camino luminoso tras ella. Caía, caía de forma vertiginosa y su carcajada la rodeaba de luz.
Fue muy breve su viaje: llegó feliz a su destino estallando en el tejado de nubes que apenas se hundió bajo su peso. En el suelo, un leve cráter que los vientos y las mareas borraron enseguida no dejando más que una extraña flora de estrellas de mar de las cuales manaban cristales opalescentes.

Unos pocos niños la vieron caer al alba y fueron en busca de su risa de libertad. Anduvieron años y años; hasta encanecer. De su largo viaje, los exploradores trajeron recuerdos y canciones. Muestras de animales y plantas. Vivencias y cuentos. Mapas de sabores extravagantes y de paises desconocidos. Grimorios antiguos de difícil y apasionante lectura.
Trajeron tesoros.
Pero sobre todo, encontraron unas piedras de agua de suave perfume.
Pequeños óvalos irisados de cálidos destellos; y que fueron su bien más preciado. Las llevaron siempre con ellos, engarzadas en hilos de luna adornando sus dedos.
Pues esas gotas anacaradas nacidas de una estrella fugaz tenían un extraño poder: imantaban colores, sonidos y rimas que acudían a ellos con sólo acariciar las gemas de agua y evocar la estela mágica que deslumbró su infancia y despertó su imaginación.
Algunos viajeros se hicieron pintores para dibujar caminos de colores en el cielo. Otros se hicieron músicos para guiar los recuerdos.
Todos se hicieron poetas para sembrar a su vez estrellas remotas en los sueños de los niños.


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Pompita divagando mirando el cielo en busca de una estrella fugaz...

(... Y que me perdonen los estudiosos del tema por mi interpretación particular y nada científica de su vida breve.)
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jueves, 23 de abril de 2015

Costurero


Hay libros que te enamoran desde las primeras páginas. 
Que te hablan. Que te embelesan.
Y que, al cerrarlos, te dejan con una sonrisa en los labios; aunque te quedas con pesar por la magia que se termina. 
Es lo que me pasó hace unos años con este libro:

 “Los hilos del corazón” ("Le coeur cousu") de Carole Martinez. 

Lo releí hace poco y algunos párrafos o capítulos son para mí pequeñas joyas. 
Dignas de ser regaladas en un día como hoy. 
Como éstas y otras muchas a lo largo de un libro a veces tierno, otras duro; pero siempre teñido de fantasía:


No os voy a "destripar" la historia (ni sabría hacerlo). Sólo intentar haceros llegar un poco de su poesía y las ganas de leerlo si no lo conoceis ya; 
O releerlo para empaparos de nuevo de magia lectora. 
Siguiendo el vuelo errático de una mariposa. O escuchando el relato de sus vivencias efímeras.
Un costurero, para mí lleno de ecos en esta fecha.


El costurero de mi madre fue mi primera cueva de AliBaba. 
Y mi juguete más entretenido para ejercitar sentidos, para reconocer colores y formas. Y el tacto cálido del huevo de boj de los meticulosos remiendos. Y los olores de las telas nuevas o viejas, el cosquilleo en la nariz al acercarla a los trocitos de piel suave.
E incluso sorprendentes sabores pues a mis pocos años, las tizas de dibujar patrones sobre las telas, esas tizas, envueltas en su papel de seda,  se me antojaban de caramelo que había que catar, para adivinar con los ojos cerrados si eran la rosa o la azul.

Mi primer acercamiento a los números, contando-cantando botones esparcidos en la alfombra, formando retahílas sinuosas de trenes de vagones dispares o agrupándolos en conjuntos de colores, de tamaños o de dos agujeros o cuatro. 
Y haciendo collares o pulseras, trenzando hilos de bordar o ensartando botones, alternando flores de nácar, calidez de madera o hueso y anclas marinas de metal dorado; botones-relicarios llenos de recuerdos y que sus manos previsoras guardaban para darles otra vida. 

Mi primer contacto también con lo que hiere, corta o pincha y que hay que aprender a manejar con cuidado y respeto, observando.
Tijeras varias, algunas de formas curiosas, rectas o curvas, como el pico de diferentes pájaros alimentándose de telas diferentes. O tijeras enormes con dientes de cocodrilo. 
Y el erizo del acerico, enjoyado de cabecitas de cristal multicolor. 
Y jugar con el imán para recoger todos los alfileres sencillos en su cajita de cartón.
Tres o cuatro dedales. Uno de plata con sus iniciales.

Aprendizaje estimulado por el encantamiento de los muchos retales que siempre se podían combinar de infinitas maneras; y hacer, con lo aparentemente inservible, algo nuevo.
Retales siempre llenos de sorpresas que la navidad traía para mi muñeca: diminutos sombreros y bolsos, colchas del tamaño de un pañuelo multicolor o vestiditos para cada estación. Y que, curiosamente, eran igualitos, igualitos a los míos...
Despertar del juego de imitar. Cosas caseras, prácticas y modestas. Estuches para los lápices, bolsas varias, fundas de libros o cuadernos... 
Tantas cosas se pueden hacer con retales, hilo e imaginación ¿verdad?

Por ejemplo, impactantes obras de arte naïf como este patchwork del cual os traigo sólo un cachito. Como una página de un libro de tela. Como un manuscrito iluminado que no necesita texto para plasmar su mensaje.
Tapiz descubierto en una iglesia de Bath algunos lustros después.
Tapiz de paciencia y puntadas diminutas que me maravilló unos meses antes que el libro pero que para mí va unido a él, por su ingenuidad a veces, sus escenas primitivas y duras otras pero sobre todo por el conjunto de su derroche de colorido y de fantasía. De imaginación.


Composición de retales que, al igual que las lanas de mis mantitas de sofá, están llenos de sentimientos y recuerdos que arropan el presente. 
Como en esta película que me encanta también (a pesar de la traducción románticona de su título): 

                                            https://www.youtube.com/watch?v=PNIiPBsnftI 

 Aquí otro costurero. El mío. Poco activo hoy; pero que ha visto pasar también muchos momentos de disfrute. 
Y su apéndice del bolso, mi primer intento adolescente en el juego de juntar cositas; muy ajado ya de tanto pasearlo y donde guardo ahora las tareas de aguja "pendientes de" que, lo confieso, a veces tienen que esperar mucho tiempo...


... desplazadas por mi otro “costurero”, escondido en el primer cajón.
Que hace poco he vuelto a abrir.  
Futuros pedacitos me esperan.



Pompita hecha de retales: libro, película y costureros.
Pompita de recuerdos bonitos que quería compartir con vosotros.

                   Para desearos un   ¡ Feliz Día del Libro !
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