"Le-chu-ga. Ne-ce-si-to-le-chu-ga"
Debió de llegar de polizón en la última lanzadera turística de Marte pero no me percaté de ello hasta que descubrí que las lechugas menguaban con más rapidez de lo acostumbrado en mi casa.
No lo entendía. Nunca me había parado a pensar en la frecuencia con la que iba a "La huerta" (así se llama la frutería de mi pueblo donde suelo comprar: me gustan sus frutas y verduras siempre tan apetitosas en comparación con las de plástico de las grandes superficies; y además, sus dependientes son muy amables.)
No lo entendía: por mucho que le daba vueltas al asunto, no había forma: no lo entendía...
Ya había llegado al extremo de apuntar en la agenda cada visita que les hacía. Y a comprar las lechugas, endivias, cogollitos o escarolas de dos en dos. E incluso más.
Asimismo iba anotando cada noche lo que había en el cajón de la nevera.
Pero cada mañana comprobaba que no quedaba casi nada de ellas. Si bien los tomates desaparecían con su ritmo habitual así como los pepinos, apios y demás verduras, lo de las lechugas eran un misterio. Y me tuve que rendir ante la evidencia: las lechugas desaparecían como por arte de birlibirloque. Abracadabra. Blip. Blip.
Me estaba poniendo nerviosa porque después de pensar en un corto circuito que habría cambiado algo en las tripas de mi nevera, sospechaba también de mí misma ¿sería una sonámbula de ésas que se levantan de noche para darse un atracón de lo que sea y al día siguiente no se acuerdan de nada? Y por eso empecé a poner trampas como hacen en las películas de intriga, con un pelo pegado en la puerta, para saber si alguien la abría mientras yo dormía. Pero no. Cada mañana la puerta seguía intacta. Y las lechugas seguían mermando al mismo ritmo sospechoso y desasosegante.
Como estaba claro que el problema venía desde dentro, un día decidí hacer un experimento: no comprar ni una lechuga más, a ver lo que pasaba.
Se sorprendió el chico de "La huerta" (la cajera del super, ni se enteró) (a veces compraba allí también, para despistar al primero cuyos guiños me empezaban a molestar cada vez que me decía: "Y dos lechugas ¿no? Como siempre." Como si él supiera algo que yo ignoraba...)
Se sorprendió cuando ese día le contesté: "No, gracias. Hoy, no."
Y fue a raíz de esta decisión drástica cuando a la mañana siguiente oí una voz bajita, apagada y tristona que salía de entre los yogures: "Le-chu-ga. Ne-ce-si-to-le-chu-ga. Blip."
Primero me sonreí: me acordé de una película en que el bicho raro decía : "Da-tos, necesito da-tos" pero enseguida me di cuenta de que la cosa no era de ficción: era real. ¡Tenía a un especie de ET en la nevera y me pedía lechuga! Brrrr... Desconcertante... Inquietante...
Me quedé sin habla: no todos los días te sale una cosa tan rara en la nevera. O ¿sí?...
No lo sé... Porque en realidad, cada casa tiene sus rarezas entrañables: recuerdo que mi madre contaba que tenía tres terneritas que la dejaban sin botellas de leche... Yo personalmente tengo a un monstruo de las naranjas en la despensa. Y a veces a las ardillas de los frutos secos que me dejan sin almendras. Pero son gente conocida de toda la vida. Nada preocupante.
(... Ahora que lo pienso... una vez encontré también un pequeño caracol extraviado en una escarola; y una tijereta medio dormida...)
Pero un extraterrestre en la nevera ¡¡jamás me había pasado!!
Sin embargo, ahí estaba. Escuálido y gris, con pintas naranjas de óxido. Tenía mal aspecto a pesar de sus grandes ojos de plástico negro brillante; y repitió con voz desmayada:
"Le-chu-ga. Ne-ce-si-to-le-chu-ga. Blip."
Yo era la culpable de su debilidad: le había dejado sin alimento muchas horas. Estaba tan arrepentida que, a falta de otra cosa, busqué en el comedero de los pájaros, rescaté una hoja todavía sin picotear, la lavé, la sequé y se la di. Y recobró su color verde-pradera enseguida. Blip. Blip.
Quería sacarlo del frigorífico porque no me parecía razonable tener a un bicho allí dentro (no fuese a resfriarse y a estornudar encima de la comida. Poco higiénico.)
Pero él parecía estar a gusto a pesar del frío (aunque noté que tosía un poco) y al final me ablandé y lo dejé instalarse.
En seguida le cogí cariño, como en un sueño eléctrico, acostumbrándome a su presencia y eligiendo las mejores lechugas, los berros más tiernos, toda clase de romanas, rúculas, canónigos, batavias u hoja de roble para agradecerle su ayuda: a menudo me avisa cuando un producto está a punto de caducar o si nota que falta algo básico. Se me ha hecho imprescindible. Blip.
Max (así se llama) me cuenta cosas maravillosas de su planeta lejano. Yo no le cuento todo sobre el mío... No quiero que se vaya, asustado por el panorama político actual... Es tan sensible y cariñoso. Dan ganas de abrazarlo, achucharlo y comérselo a besos, como a un osito de peluche. Pero no me atrevo, por si de repente se me pone agresivo o a berrear... Hace tiempo vi otra película donde se daban casos escalofriantes cuando llovía... No recuerdo cómo terminó.
Y fue también por la misma época cuando decidí cultivar unas pocas verduras: el chico de la frutería ya se ponía demasiado impertinente con sus comentarios. Uup. Yo creo que sospechaba algo...Y no le iba a contar que todo se lo comía el trasgo verde de la nevera. ¿no?..
Pero quizás no debí acogerle con tanta ligereza... Me asusta algo pensar que la invasión ha empezado en serio ... Y puede que el de la frutería lo sepa... Hasta puede que sea cómplice y por eso venda verduras tan apetitosas...
https://www.youtube.com/watch?v=BgIuUyAUxaw
http://www.traduceletras.net/es/wayne-jeff/eve-of-the-war/417739/
************************************************Pompita que se me escapó una madrugada de invierno, desvariando al mirar hacia el firmamento mientras soplaban aires de cine...
Ps. Él sigue aquí, en la nevera, entre el jamón de york, las cuajadas y las botellitas de agua. Blip.
Guardadme el secreto, porfi. :D
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