Todo era como un juego de adivinanzas: tenía en la estantería de la cocina varios botes de cerámica artesanal de tamaños crecientes (o menguantes, según se mire: ya lo sabéis, las cosas no son siempre exactamente como son, sino según cómo se mira y según quien las mira)
Pues eso... una retahíla de botes de esos que tienen escritos en la panza "Harina", "Azúcar", "Sal" y no recuerdo qué más.
Y digo que era como una adivinanza (o una lotería, más bien) porque el más grande , el que ponía "Harina", al chocar en la encimera un día de hacer pan, se rompió y hubo que hacer trasvase de ingredientes, por eso de la capacidad creciente-menguante.
Y desde entonces, donde ponía "Azúcar" estaba la sal, y donde ponía "Lentejas" había otra cosa y así con los no sé cuantos botes; menos uno: el que se rompió por descuido, un día de hacer pan. Era martes 13.
Con lo cual, salvo ella, nadie podía atinar a la primera en la cocina pero con arte y buen humor, todo se supera y todos terminaban por reírse con la intriga de las adivinanzas.
En general, era divertido estar con el dedo índice apuntando, pensativo y atrevido a la hora de elegir el bote adecuado para cada plato.
Ella, casi siempre acertaba a la primera. Al fin y al cabo era su cocina. ¿verdad?
Y sabía que donde ponía "Sal", estaba la harina, y donde ponía "Lentejas" estaba el azúcar y etc...etc...
Hasta que un día, un mal día, su memoria empezó a fallarle o estaría absorta, pensando vete a saber en qué, pero el caso es que ella, ya no se aclaraba y los asados empezaron a saber a café, la tortilla a azúcar, el té a cebolla pochada y sus dulces a ajo o sal marina.
Entonces tuvo que resignarse a poner etiquetas corrientes encima de las letras ingenuas y azules de la cerámica artesanal. Una pena.
Un día, se enfadó y los tiró todos y compró de esos que tienen una ventanita y se ve a la primera, como en un escaparate, lo que contiene el bote. Otra pena.
La estantería de los botes se volvió vulgar, funcional, corriente, aburrida. Y a ella, poco a poco se le quitaron las ganas de experimentar con recetas especiales, hacer pan casero o postres pecaminosos.
Otra pena.
En la cocina no hay nada más desalentador que el desorden... a no ser el orden excesivo.
Moraleja: no hagas pan sin mirar el calendario, tu horóscopo, los posos del café, la fecha de caducidad del frasco de garbanzos o de la bolsa de quisquillas congeladas... la lista es larga.
... o se te romperá el bote de la "Harina".
Pompita de martes 11...
(menos mal, porque hoy me apetece hacer pan.)
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