martes, 25 de septiembre de 2012

El rumor


El rumor empezó allí, en el claro de un bosque ignorado de los hombres e ignorante de sus estaciones.

Primero, fue un simple susurro aislado.
De madrugada, un escalofrío inusual recorrió la copa de un arce. Estornudó y pidió disculpas dejando caer una sonrisa sobre el musgo.
Luego, se estremeció también un abedul. Pero los abedules, ya se sabe: tiritan por cualquier motivo, así que nadie sospechó nada.

Y el día transcurrió cálido, como los anteriores:
Mirlos escandalosos con banquete de moras, hormigas espigadoras en cada recoveco, elfos peinando las cabezas hirsutas de las incipientes castañas y gnomos sacando brillo a las piedras del sendero con lágrimas de resina.

Todo normal.

Todo normal... hasta que al cabo de unos pocos días, en los árboles mudaron los cantos.

Y el rumor rápidamente se extendió por medio de las ardillas que avisaron a las lechuzas que se lo comentaron a los ciervos que a su vez, después de deliberar con jabalíes y ratones, decidieron pregonar con voz sonora la buena nueva:

 "¡Ha llegado nuestro otoño!"

Y ya no fue sólo rumor sino clamor.

Y con el alboroto, se despertaron las hadas pelirrojas que sonrieron felices.
                      ¡Por fin les tocaba a ellas!


Dejaron sus escondites de liquen listos para acoger a sus hermanas rubias de la estación anterior: muy pronto llegarían y se merecían un descanso.
Y ellas, desperezándose, cantaron alegremente, desde todos los árboles, el poema del otoño, repartidor de tareas:

Para las artistas:
Pintar las hojas despacio, una a una, sin repetir colores, cuidando los matices, respetando las características de cada planta. Un delicado maquillaje con gotas de miel, rubor de manzana y reflejos de atardeceres morados. Y perfilar con lapiz-avellana y el ingrediente enigmático del ámbar líquido.  
Y sin olvidar añadir los detalles que luego darán voz al viento y su sinfonía caprichosa.

Para las meticulosas:
Hacer recuento de setas, colocarlas en círculos, hileras o grupitos y sobre todo, sobre todo etiquetarlas (tarea de suma responsabilidad).
Y preparar los almacenes que pronto se llenarían de bayas, piñas, nueces y semillas.

A las más jovencitas, deseosas de pasear, les fue asignado el oficio de carteros: de riachuelos en arroyos, entregarían la notificación de tener listos los lechos y las orillas donde las nubes irían a instalar su fábrica de neblinas azulonas.
Otras debían llevar la hoja de ruta a las aves viajeras que llevaban unos días esperándola con impaciencia.

Las hadas mayores fueron encargadas de explicar el plan de retirada a los tozudos insectos rezagados .
Y otras tenían que revisar alquitaras y frascos de perfumes para empezar a vaporizar cada rincón del bosque en cuanto cayesen las primeras lluvias.

A las hadas más aventureras, se las mandó fuera del bosque, a las praderas, para enseñar a los bulbos de cólquicos el camino de la luz y rogar a los demás un poco de paciencia...

...Y mil cosas imprescindibles que se tienen que hacer en esta época del año.
Porque no se las oye como a sus hermanas del verano, tan exuberantes, tan bulliciosas, no vayáis a pensar que las hadas del otoño son ociosas.

No, no son ociosas.
Es que las hadas pelirrojas trabajan en silencio.
En profundidad. En silencio...

En el bosque, sólo un leve rumor las delata...

Pompita de otoño.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

No es lo que parece...


No, no es lo que parece.

Esta sirena no soy yo (jajaja...¡qué pena!) ni me he ido otra vez a escuchar la arena.
Lo que pasa es que "una musa-medusa de calcetín rosa" ha pisado sin querer unas reflexiones de salamanquesa bonita (ggrrr) sobre la llegada del otoño, prevista para hoy y... ni tiempo de resucitarla...  así que he decidido aplicar un remedio antiguo de la tele (en mi tierra por lo menos... aquí, no lo sé)

"Disculpen esta interrupción en nuestra programación habitual. Interrupción debida a problemas técnicos que solucionaremos en breves instantes."

Y ponían generalmente un acuario, con sus burbujitas y sus peces mudos.
O unas vistas del Mundo del silencio, con medusas y todo, al estilo de Cousteau (programación que por cierto le encantaba a la gata que tenían mis padres en aquellos años. Y a nosotros nos encantaba verla tan intrigada con el paseo de los pececillos en blanco y negro. ¡qué pena no haber tenido forma de grabar sus pesquisas por la parte posterior del aparato! Ahora os podría poner un vídeo de gatitos juguetones, de esos que abundan ultimamente)

Y ponían música clásica para hacer más amena la espera.
Y "¿qué música más clásica y más amena que la de las olas?" pensé yo.

Podría haber puesto también un resumen de las mejores jugadas del último partido o del culebrón de turno (sin esperanza) Pero no. A mí, esto no me inspira demasiado.

Así que, el verano se alarga y hoy toca esto...  No pompita de la sierra sino burbujitas de olas.

La semana que viene tocará otra cosa...

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viernes, 21 de septiembre de 2012

Error...

Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error Error

Edito para añadir: esta entrada, debida a un error (o más bien cúmulo de errores de dedos impacientes), no tiene más valor que por los comentarios aquí aportados por gente con sentido del humor.
El error es no tenerlo. No el navegador, sino el sentido del humor como GPS.
Y mi comentario es que "De los errores se aprende" 

Besos de carcajada para todos. "Recálculo..." 

martes, 18 de septiembre de 2012

Curiosa relación


Desde que cayó dentro del coche y pasó varios días allí, escondido debajo del asiento y en silencio, lo tengo atado con una correa a la idem del bolso como un perrito y me acompaña siempre que salgo de casa.
He vivido muy a gusto sin él durante años y resulta que desde hace años también, está siempre conmigo.
Bueno... en realidad, muchas veces dormita en mi bolso (el que sea: soy bolso-adicta), olvidado o sin batería. (eso lo saben tan bien mis hijos que cuando quieren hablar conmigo, primero llaman a su padre)
Puedo pasar días sin hacerle caso ni echarle una mirada y otros...a todas horas.
Pero forma parte del "kit" de las cosas imprescindibles que están siempre en mi bolso, como la cartera y el cuadernito naranja de mis apuntes de divagar, el cepillo del pelo y el pintalabios, las llaves y el tabaco... (bueno, la lista es larga: mis bolsos son grandes y parecidos al de Mary Poppins)

Es normalito, sin jueguecitos. Llamo yo "jueguecitos" a las muchas cosas complementarias que aparentemente ahora son imprescindibles también para vivir (¿?) en sociedad.
No soy pro-tecnología punta, qué se le va a hacer...
No es una prolongación de mi mano como lo es para otras gentes que me rodean; no lo tengo pegado (injertado más bien) al cuerpo como otros que me sé...

Hablo poco con él. Pero en él escribo, de todo un poco: títulos de libros, medidas de cosas que tengo que comprar, citas importantes... cosas así. Cosas que luego muchas veces ni me acuerdo de consultar. Soy un desastre con el móvil.

Escribo mensajes también (al fin y al cabo se inventó para esto, creo: comunicarse con otras personas que no están cerca)... mensajes que por despiste alguna vez que otra, mando al destinatario equivocado con las risas que esto provoca.
Y como soy una sentimental sin remedio, me cuesta borrar mensajes recibidos, antiguos, cariñosos o divertidos.
¡Con lo bonito que era guardar cartas y postales, con su lacito... !

Como soy torpe y algo (bastante) alérgica a la tecnología, no sé utilizar todas las posibilidades que me brinda... ni me preocupa mucho investigarlo, sinceramente. Además, cada vez que lo he intentado, lo he cabreado y se ha vuelto loco... y yo también. Por ejemplo, creo que no he mandado más que unas pocas fotos y de foto en foto, nunca estoy segura de recordar cómo se hace. Ya lo sé... es muy fácil pero... soy así de torpe.

Sin embargo, tengo que reconocer que me gustan sus musiquitas que, cuando suenan, me evocan rostros. Sonidos que varían, desde compases romanticones o burlones a maullidos de gato o cantos de pájaros o lo que sea, dependiendo de la gente.
Y cuando suena la de los mensajes, me avisan en casa: "¡Una lechuza!" (sí... la de Harry Potter... soy así... qué se le va a hacer... me gustan las lechuzas y la magia)

Pero a veces es incordioso el pobrecito: como por ejemplo, cuando pretendo echarme una siesta y se pone a cantar a voz en grito sin parar y enciman se equivocan y preguntan por Pili y no quieren admitir que "se ha equivocado al marcar, no me llamo Pili y este número es el mío, se lo aseguro"
Porque encima insisten dos o tres veces en busca de la tal Pili.
Creo que la próxima vez contestaré:
 " Soy yo... ¿mi voz?.. ah! es que estoy resfriada... Cuéntame..."  y me entero de sus secretitos. Jeje.
o "No se preocupe, le daré el recado a Pili en cuanto la vea." Y ¡qué se fastidie la tal Pili!
o " Pili me ha pedido que le diga que no quiere saber nada de usted y que ha cambiado de móvil." Bueno... eso, no... Sería maldad pura y dura...
Bueno... mi grado de maldad dependerá del insomnio de la noche anterior y de la necesidad de siesta que tenga.
Mejor apagarlo ¿no?... Pero ...¿y si me llaman? ¿y si es urgente?...

También es incordioso cuando suena en mitad de una conversación y estoy como un pato mareado sin saber a quien atender primero, y al final, contesto al móvil que me pone nerviosa, olvidando ser educada y preguntar "¿ me disculpas?..." o cuando suena y me pone nerviosa otra vez porque estoy conduciendo y pensando "¿será importante? ¿y dónde aparco yo, aquí, en la autopista?..." .

Por eso lo tengo muchas veces silenciado... corriendo el riesgo de olvidar darle voz de nuevo y tener que oír luego quejas del tipo:"¡Hija! no sé para qué tienes móvil: es imposible hablar contigo."

Y yo pienso: "Ya sé que llevamos años con él pero ¿cómo hacíamos para comunicarnos antes de este chisme? ¿cómo hacíamos para quedar con alguién? ¿cómo hacíamos para orientarnos en la carretera? ¿para saber la hora? ¿para...? yo qué sé... Ahora se hace de todo con el móvil." Y lo hacíamos. De otra forma pero lo hacíamos.
Ya sé que este discurso sonará a rancio, a analfabeta, a pasada de moda pero es un aparatito (el de los demás y el mío) que me molesta muchas veces (o por exceso o por defecto) y tenía una cuenta pendiente con él.

A su favor, reconozco que con lo "preocupona" que soy, me da tranquilidad que me digan:" He llegado bien" o decirlo yo por si se preocupan por mí, y saber que lo tengo conmigo en el bolso... "por si acaso".
"Por si acaso"... muchas cosas que necesitan urgencia.
Es la mayor utilidad que le veo.

Curiosa relación la mía con el móvil. Pero me consuela pensar que somos algunos así. O ¿no?...

Pompita con mensaje y sonido.
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viernes, 14 de septiembre de 2012

De ola en ola...




- ¿Qué te pasa?
- Tengo frío.
 
-¿Qué te pasa?
- Me voy mañana.

- ¿Qué te pasa?
- Se acabó viajar en tus carabelas...
   ... despeinarme con tus brisas...

         De ola en ola...

- ¿Qué te pasa?
- Se acabó escuchar los relatos de tus olas...
   ...tatuar en mi piel la sal de tus arenas ...

          De ola en ola...

- ¿Qué te pasa?
- Se acabó arroparme con tus algas...
  ... perfumarme con tus aromas...

         De ola en ola...

- ¿Qué te pasa?
- Se acabó mecerme con secretos de sirenas...
  ... beber tus lágrimas de luna...

          De ola en ola...

- ¿Qué te pasa?
- No te olvidaré.

          De ola en ola...

- ¿Qué te pasa?
- Volveré...

          De ola en ola...
                             ... el verano que viene.
          De ola en ola...
                                Volveré...

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viernes, 7 de septiembre de 2012

La arena me contó...




 Tumbada en la arena, juego con ella... es fina y se escurre entre mis dedos como los días de vacaciones en el reloj... sin ruido...

¿Sin ruido? ... escucho el susurro que dibuja al pasear en mi piel, en la toalla, en mi cuadernito naranja...

Cierro los ojos...Me adormezco, mecida por este murmullo... a cada momento más insistente.

"Yo era acantilado ¿sabes? Allí, al norte... Blanco, alto, defensivo y tengo un hermano gemelo al otro lado del canal. El mar que nos creó y nos dejó la firma de sus conchas, sus estrellas y sus erizos, el mar nos separó, nos alejó."

"Y yo era una caracola de los mares del Sur, rosada, brillante, irisada, habitada, sonora. El mar que me dió la vida y me paseó de ola en ola, me hizó añicos contra un portaviones un día de tempestad y me llevó lejos de mis aguas turquesas."

"Yo (no me gusta contarlo...), yo sé que era una ostra, (no se lo digas a nadie ¿vale?)  Vivía en un parque vigilado por Dahut. Mira, todavía tengo reflejos de perla. ¿verdad que me sientan bien?"

"Y yo, un mejillón... ¿sabes?... me arrancaron de mi familia... hace tiempo... Eramos como una piña...
Estoy de luto ¿no lo ves?..."

"Y yo... pues...no lo sé... no entiendo lo que hago aquí... estaba en el desierto, tan tranquilo, sin ver a nadie... y entre remolinos de vendaval y sacudidas de patera, me encuentro aquí donde todos me pisotean y me manchan...Si no fuese por la media luna que veo a veces..."

" ¡Ozú! ¡Shiquillos! ¡qué malajes sois! ¡Escuchar todos! Mi historia es mucho más divertida: yo era una botella de cristal verde (¡hip!) que un marinero lanzó por la borda pero ¿sabeís una cosa? las ballenas me han contado que antes había sido acantilado normando, concha del Pacífico, mejillón de Galicia, ostra de Bretaña y muchas más cosas que se remontan en la noche de los tiempos, mucho antes de la Reconquista incluso y que en realidad debo de ser (¡hip!) el granito de arena más antiguo del mundo mundial aunque no lo parezca. Me gusta la juerga y bailar y cantar y... ¿quereís que...?
¡Anda Manué! ¡Saca la guitarra! ¡Ozú, hace una caló!...
¡Y tú, Candela, mi arrrma, trae la neverita questoy seco...  hace una caló..."

Me despiertan la música del levante y el taconeo de la arena que escapa de las palmas de mis manos y baila unos metros más allá.
Pero sigue contando sus batallitas en mi piel y mi pelo     y entre las hojas de mi cuadernito naranja.

¡Cuántas cosas cuenta la arena! Escuchad...

"Yo era acantilado ¿sabes?..."


martes, 28 de agosto de 2012

El eco

Cuando se mezclan lectura, cine e imaginación...


Levanto los ojos de mi libro un rato para descansar la vista y mi espíritu vagabundea mirando las nubes y pensando en la vida del niño cabrero, el niño púdico y solitario de la novela de Marcel Pagnol que leo por enésima vez y siempre me cautiva por la aparente sencillez de su escritura y la perdurabilidad de sus mensajes.
Me refiero a la trilogía
   "La gloire de mon père", "Le château de ma mère" y "Le temps des secrets"

El entrañable protagonista es Marcel compartiendo con nosostros los recuerdos de su infancia.
Marcel y su devoción hacia su familia, la admiración que siente hacia su padre, la adoración hacia su madre, su relación con cada miembro de su familia.
Pero, para mí, otro personaje importante de esta trilogía provenzal es Lili, su amigo de las vacaciones, con quien tanto compartirá, de quien tanto aprenderá, tan distintas sus vivencias. Dos mundos aparentemente opuestos pero que gracias a la magia de la niñez, se reconocen y se comunican.


Sé cual va a ser la vida del pequeño Lili des Bellons pero, si le sigo primero en el texto, mi imaginación divaga luego por caminos distintos a los que le marcó su autor...
Mágica trampa de la lectura.

Le leo, niño, vigilando sus cabras, haciendo el recorrido de sus trampas, entre matorrales de aromáticas, guardando liebres y pájaros en el morral, asustándose con la mirada airada del búho del Garlaban y jugando con el eco... hablando con el eco... como un Principito provenzal.

                               entrada de la gruta del "Grozibou"
El eco, el único que le responde hasta la llegada de Marcel, su amigo de la ciudad.
Oigo sus gritos y la voz del eco que anima su soledad.
- "¡Ohé!"...-... "¡Hé!"...
- "¡Estoy aquí!"...-... "¡Aquí!"...
- "¡Ven!"...-... "¡Ven!"...

Una risa respondiendo a su risa.

Le imagino mozo, soñador, enamorado y tímido...
Y oigo sus preguntas a todas las flores humildes de la montaña...
- "¿Sí?"...-... "¡Sí!"...-... "¿No?"...-... "¡No!"...

Y el canto obsesivo de las cigarras. Y el sonido de la flauta dulce de pastor. El olor mareante del tomillo silvestre, de la ajedrea... el murmullo de los manantiales secretos en ese paisaje aparentemente tan seco de Provenza; tierra de poetas de lengua cantarina y mágica.
Magia del agua escondida que da resplandor al desierto árido del paisaje... Y se vuelven a mezclar los personajes... Lili... Principito...
Bruma malva y lejana de los campos de lavanda en los llanos. Provenza olorosa.


                  lavanda en Provenza (foto sacada de internet)
Por la novela, sé que de mayor se fue a la ciudad, donde no suena ningún eco; la ciudad donde se desesperó con el sonido falso de las estancias de los cuerpos vacíos. Persiguiendo una respuesta a una pregunta que la guerra truncó.
 "Entre plantas frías del norte cuyo nombre desconocía" nos dice Pagnol.                                         .

A pesar de su autor, le imagino, de muy mayor, anciano ya... un día vuelve a los riscos del Garlaban, al refugio del búho, entre rocas. Para despedirse.
Sin aliento, preguntó "¿Adios?"...
Su voz sonó tan débil que el eco, esta vez sin engaño, no le devolvió siquiera una última sílaba de falso consuelo.
Siempre preguntó.
Nunca afirmó nada más que cosas de su rincón de Provenza; sabiduría libre...

En el valle, entre rumor de pájaros, gemido de ramas y canto de viento, imagino a un alma, ansiosa de responder cual eco y que esperó su voz que nunca le preguntó nada. ... nada...
Este alma no existe, el anciano tampoco.

Pero existen estos tres libros preciosos que me hicieron vagabundear. Como todos.
Ecos de la lectura y que una relectura vuelve más sonoros.



Pompita para Marcel Pagnol que me hizo descubrir y saborear la Provenza mucho antes de recorrerla.

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martes, 21 de agosto de 2012

Coleccionistas de palabras


Los coleccionistas de palabras son gente curiosa, gente afortunada.                                 
 Recogen las palabras oídas por la ventana, las acogen, las miman, las guardan en sitios secretos. Contemplan su tesoro de vez en cuando. Lo enseñan a los amigos. Hasta te cuentan dónde y cómo las encontraron.
Así son los coleccionistas de palabras.
Como otros que coleccionan sellos viajeros, plumas de aves, conchas, hojas de árboles o lo que sea que les haga felices.

Encuentran las palabras. Y sonríen al encuentro que puede producirse en cualquier lugar o momento. Sonríen y las apuntan. Las atesoran.
A veces, las piden prestadas o las roban sin miramiento, tal es su ansia.
Las atesoran.
Unas por su sonoridad, su color.
Otras por su forma, su origen, para identificarlas como un entomólogo sus mariposas, para ponerles rostro, consultando el álbum de familia del diccionario.
Otras veces, las más, por su fondo, su sabor, que les trae un eco que resuena, que vibra también en ellos.
Cada uno tiene su criterio a la hora de hacer su colección.
A veces, las comparten sirviéndolas como manjares en una mesa, mezclando sus ingredientes, sazonando con tiento, cuidando la presentación y la temperatura.
O las regalan como cajas de bombones de relleno sorprendente.
O juegan haciendo trueques o inventan otras nuevas con código secreto como hacen los niños o los enamorados.

A veces, al hojear sus cuadernitos, se dan cuenta de que algunas las tienen "repe". Será que se han tropezado con ellas varias veces a lo largo de los años y que, o bien no habían calado muy hondo la primera vez y las olvidaron, o bien, al contrario, que les gustaron tanto que no les importó tenerlas escritas varias veces y con caligrafía distinta.
No olvidemos que son coleccionistas. O sea, gente rarita.

En las carpetas principiantes, se encuentran algunas palabras superficiales o rimbombantes, sofisticadas o complicadas.
Los hay que se especializan sólo en un campo: bien estructurada su colección que comparten sólo con gente afín, profesionales o estudiantes o simples curiosos.
Y otros más libres, desordenados, bohemios o artistas las mezclan todas componiendo ramos silvestres que van repartiendo por allí.
En las carpetas de los privilegiados, hay palabras asociadas a un nombre querido... o evocadoras de un momento o lugar especial... o en varios idiomas... o lo que sea que a ellos les gusta.

Con el paso del tiempo, la lista de sus palabras crece, al ritmo de lo que encuentran en su camino, de los regalos recibidos, de los trabajos de investigación a los que han dedicado sus horas libres.
Los coleccionistas son gente entregada.
Pero si va menguando su lista, no es que se empobrezca, no; es porque se depura, obviando palabras que ya no hacen sonreír ni sorprenden, ni entusiasman... marchitas ya... sin perfume.

Si en su "carpeta de hoy", (por no decir "ultima carpeta" (no me fío yo de esta palabra "último o última": ¿la última será la más actual o la que será seguida de un punto final?) ) si a veces muchas les parecen tan gastadas ya, se preguntan si hicieron bien en encerrarlas en cuadernitos.
Entonces escriben frases, textos, libros para que las palabras puedan volar como nubes llenas de agua nutritiva o nubarrones tormentosos que estremecen o simplemente nubecillas bonitas como efímeras mariposas que alegran la vista.

Y algunos, en sus momentos de "corazón a marea baja" como cantó Brel (a quien le tomo prestadas estas palabras) , algunos piensan:
"La próxima vez, colecciono sólo perfumes"
Pero no saben que los perfumes también vuelan.
Y otros coleccionistas empiezan a escribir con pluma mojada en agua olorosa, frases que encierran en frasquitos de cristal que tiran a la inmensidad del mar... y empiezan de nuevo los trueques, intercambios, regalos, guiños...

Abrir un libro, leer un texto ajeno, es como abrir un frasquito de perfume...

O abrir una ventana y apoyarse en el alféizar de la mañana, y contemplar... y saltar por la ventana y luego entrar en el paisaje para mirarlo de más cerca, y hacerse pintor y añadir un árbol, una nube, un pájaro...

Y entrar en un blog conocido o desconocido es lo mismo.
 ¿con qué nos perfumaremos, hoy?...

Pompita para todos vosotros, que visito y que me visitáis,
mirando unos y otros por las ventanitas.

Y en especial para "mariajesús" a quien se le duplican las letras y multiplican las palabras.
y "mientrasleo" que siempre tiene alguna olorosa sorpresa reservada entre sus "montones de libros".
y mi amiga "mabel" que todo lo pinta color esperanza.

PS aunque vieja conocida, mi palabra apuntada de hoy:
                               "alféizar"
 por su color, su música, su origen... y todo lo anterior.
                               Y ¿la vuestra?...

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martes, 14 de agosto de 2012

Volvemos a las "nadadas"




Secándose estaba. Momificado ya de tan seco. Esperándome. Desde nuestro último chapuzón, hace tanto tiempo. (nos castigaron por abusos.)

Nos gustaba jugar, saltar, correr, las risas, el ritmo, las salpicaduras, el olor a cloro.
       Los
             "¡Uy! ¡qué fría está hoy!",
                            "¡Vamos, chicas!",
             "No puedo más con mi cuerpo",
                            " Hoy se ha pasado el profe"
             "¡Secador libre!",
                            "¡Nos vemos el lunes!"

A él, hasta le gustaba la música de la clase de aquagym (a mí no tanto, pero para darle gusto, seguía el ritmo) pero nos castigaron a los dos sin saltitos en el gresite azul-piscina. Por abusones. Por discrepancias.
"Esto, no le conviene de momento. Mejor, bicicleta estática. Es por su bien" dijo este señor de bata blanca, tan triste y tan mandón.

Le gustaban las charlas antes del agua con el bañador blanco tan atlético, los esfuerzos y las risas dentro del agua con el color fuscia tan sofisticado o con los dos bañadores negros, anchotes, algo torpes y tan alegres, y más charlas despues del agua con el gorro azul marino, jubilado parlanchín y el gorro de flores verdes más parlanchín aún.
Y el sentirse arropado por el albornoz amplio, y el mareo de la centrifugadora del vestuario, y su bolsita transparente... ¡ay! su bolsita transparente... donde abrazaba a las gafas y el gorro plateados... ¡ay!... y su descanso tomando el sol, rozando con el hombro la toalla naranja... y suspirando por la siguiente clase.

Sé que lo echaba de menos.
No me atrevía a mirarlo.
Me daba pena.
Le oía quejarse: "Llévame, anda..."
Al verlo tan abandonado y tan triste, esta mañana le he dicho: "¡Qué narices! Si no saltamos con música, por lo menos hoy nos echamos unos largos tú y yo, solitos.
¡A ver quién aguanta más! ¡Te desafío!
No estamos para Olimpiadas pero ¡qué nos quiten lo bailaó!"

¡Qué a gusto nos hemos quedado!

Pompita con agua (fría) de gresite azul.

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martes, 7 de agosto de 2012

Una de policias y ladrones...




Las veía desde donde estaba sentada, con mi libro y mi botellita de agua al alcance de la mano, disfrutando de la tarde.
Estaban a pleno sol, paseando en la arena. Solas o en grupo. Todas morenas, muy morenas, la piel brillante, animadas, cintura de avispa.

Un grupito llamó mi atención. Parecían conspiradoras: se habían parado y cuchicheaban, sus cabezas casi tocándose, gesticulando pero lo imprescindible, sin gritos.
Parecían amigas íntimas. Sin embargo, hubo un momento en que pensé que iban a pelear: una asió a la que tenía cerca y la zarandeó. Pero en seguida se calmaron y siguieron con su conciliábulo discreto (¿quizás eran mudas?)

Luego, de repente, el grupo se disolvió y cada una se fue por donde le apeteció. O hacia donde las llamarían sus obligaciones.
Algunas de dos en dos. Otras, solas.
Una, algo más nerviosa que las demás, se fue sola pero volvió enseguida sobre sus pasos y recogió un bulto que había en el suelo y que se le habría olvidado con el sofoco de la conversación o con las prisas.

Como me intrigaba, me levanté y la seguí. Andaba yo despacio, observándola desde lejos, fijándome en su caminata que me pareció algo errática (se confirmaban mis sospechas: era miembro de una asociación secreta, quizá peligrosa, planeando una invasión a gran escala, una guerra sin cuartel; era una conspiradora que quería borrar huellas ¿me habría descubierto? ¿hasta dónde me llevaría en su deambular para despistarme?)

De repente, se paró. Parecía perdida. Pero, arrimándose a una pared larguísima, siguió todo recto, ya sin titubear. Casi corriendo a pesar del enorme bulto que llevaba (¿qué transportaría, tan importante que no lo soltó ni un momento? ¿material robado? ¿droga? algo muy valioso para ella, sin duda)
Estaba en forma, está claro: tan delgada y tan fuerte y corriendo con ese calor, cargada con ese bulto de forma indefinida pero que se intuía muy pesado.

Cruzó una esplanada (la crucé yo también), torció hacia un pasadizo (torcí) y dejó el bulto delante de un recoveco que había en la pared y donde otra, con el mismo aspecto enigmático, parecía esperarla. Intercambiaron información durante un rato (bueno, esto me lo imagino porque desde donde estaba seguía sin oírlas) y luego, la de la entrada se metió adentro, llevándose el bulto misterioso.

La primera de mis conspiradoras fue hasta una puerta de madera y se paró en el umbral (me paré también, fingiendo mirar hacia otro lado). Levantó la cabeza (parecía un perro olisqueando el ambiente). Dio media vuelta, como molesta, disgustada y volvió más despacio (algo cansada me imagino) hasta el lugar del encuentro y entró también.
Y la perdí de vista.


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Creo que lo he conseguido: no soy mala y no les veto la entrada al cuarto de baño (al fin y al cabo, vivían en esta zona mucho antes que nosotros, mucho antes de que construyéramos la casa) pero en una temporada, no se acercarán a Mi despensa... las hormigas.

Pompita soplada con curiosidad hacia ellas.

Y con admiración hacia Bernard Werber que escribió, mezclando rigor científico y fantasía desbordante,
su "Trilogía de las hormigas".
Historia que me viene siempre a la mente cuando las veo o si me hablan de ellas.

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