Me gusta leer, lo he dicho muchas veces pero el libro que más me gusta, por encima de todos, es siempre el mismo:
el Libro de la Naturaleza.
Y me siento afortunada.
¿Hay acaso algo mejor que tener la suerte de disfrutarla?
Y digo que tengo suerte porque, si bien se me resisten muchos pájaros (como la abubilla), otros animales se me acercan, aparentemente deseosos de ser observados y hasta retratados.
(Y no hablo sólo de las cabras.)
Hace años, visitas diarias de escolopendras, alacranes y culebras.
Cada día más escasos. Huyen del hombre, sabiamente.
Con frecuencia, ranas, lagartijas y sapos.
Una vez también, un tritón: menuda alegría.
Hace casi un año, posó para mí esta comadreja que algunos ya conocéis:
Y entró en casa también, un bebé alcaudón despistado que pude observar y retratar con tiempo antes de mostrarle la ventana de la libertad. (os lo enseñaré pronto).
Y las simpáticas salamanquesas que veranean cada año en el salón.
Visitas de murciélagos también (estos, no tan celebrados: reconozco que les tengo pavor.)
Hace bien poco vi la primera mariquita de la temporada y mariposas también.
Pero, hay más bichos por aquí...
La semana pasada, aprovechando una mañana soleada, salí a dar un paseo entre las rocas que me rodean y me llevé la máquina, por supuesto. Pensaba sacar fotos de brotes de árboles, pajaritos e incipientes flores silvestres. O reflejos de cielo en los remansos del riachuelo pletórico de agua ahora. Pero...
Muchas veces los he oído por la noche, cerca de casa; muchas veces los he olido pasando cerca de sus guaridas; muchas veces he seguido sus huellas en el barro a orillas del riachuelo o en la pradera hozada.
O los he visto, desde el coche, de noche, cuando vagan por las calles de la urbanización, colándose en los jardines en busca del alimento que el verano implacable les niega en el campo libre.
Pero nunca los había visto en su sitio y de día; y me topé con ellos,
de pura casualidad:
Dos jabatos entre zarzas.
Y estoy segura que había más pero no los vi: sólo mucho movimiento entre la maleza, a orillas del riachuelo.
Un par de fotos y... gruñidos.
Lógico: si hay jabatos... hay mamá jabalí cerca.
No me dio tiempo a sacar ni su mejor perfil ni el peor: salió de su refugio de zarzas, inquieta y gruñiendo como toda buena madre que sospecha peligro para su prole.
Y yo, tan sorprendida (todo esto que os cuento pasó en menos tiempo que lo que tardáis en leerme) y asustada también, me subí a una roca para ponerme a salvo (estoy algo loca pero no tanto: el tamaño de la mami y su genio me dieron alas para trepar.)
Pero... se me cayó la cámara al pie de la roca y en ese momento, me preocupó también que "mamá jabalí" se acercara más y la pisara.
Pero no... después de un rato de inmovilidad a un par de metros de mi roca, se fue. Arruando. Que es lo suyo por otra parte.
Como me quedé inmóvil yo también, no me vio. O pensaría que no era yo de temer y se metió otra vez en su camita de zarzas. Gruñiendo. Tranquilizando a sus rayones, me imagino.
O refunfuñando tal vez, disgustada por mi visita inesperada.
Y yo también refunfuñé (en voz baja), disgustada por no haber podido sacarle a ella ni una sola foto.
Ni buena, ni mala. Ninguna.
Me quedé un rato más, encaramada en mi roca por si acaso.
Ella tampoco se movió de su refugio. Prudente y mutuo silencio total.
Luego recuperé la cámara y volví a casa, tan feliz.
Saboreando el momento.
Creo que en unos días volveré allí... me tienta...
A ver si hay aún más suerte y os presento la familia al completo.
(espero no haberlos molestado hasta el punto de mudarse...)
Cada día me gusta más este libro de la Naturaleza.
En cada página una maravilla, una sorpresa. Grande o pequeña.
Momentos mágicos.
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